superconfidencial

Dulce compañía

Acostumbrada como está a acompañarme hasta en las entrevistas en Los Limoneros, estas jornadas de confinamiento, a causa de mi covid, han supuesto para mi perrita Mini (11 años) un calvario. Le tocaba baño y peluquería y no la he podido llevar y me mira, como preguntando: “¿Qué es lo que pasa que no salimos a la calle?”. La mirada de un perro es un enigma, cargado de sentimientos. ¿Ustedes no han visto acaso las miradas de los perros abandonados por sus dueños en las calles de la Ucrania devastada? ¿Y las de los canes que han logrado cruzar la frontera con Polonia acompañando a sus dueños, especialmente a los niños? La mirada de un perro lo dice todo. Cuando Mini me mira yo sé lo que ella quiere y ahora me ve serio, sin afeitar y de mal humor. Y está mosqueada. Tan mosqueada que ha cambiado sus costumbres, he aprovechado para que baje los quinientos gramos de peso que Jorge Viciana, su veterinario, ha dicho que tiene que eliminar. Mini ya digo que ha cambiado sus costumbres: orina y hace caca fuera del pañal y ladra al cartero, que antes era un amigo (los carteros no tienen amigos, porque te traen las cartas negras de Hacienda). Pero es ella la que ha aguantado peor el confinamiento, acompañándome. Espero no haberle pegado el covid sigiloso, que es el que me ha tocado vivir: dolor de garganta y oídos, tos, un día de febrícula y poco más porque hasta el moquerío ha desertado de mi napia. El sondeo realizado con las personas con las que conviví los últimos diez días no ha dado resultado: no contagié a nadie y no sé quién me contagió a mí. O sea, que me he quedado sin poder echar la culpa al presunto autor, bien a mi pesar. Pero, oigan, el lunes me echaré a la calle, porque esto de no poder salir es como estar en la cárcel.

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