superconfidencial

El cajero

Saben ustedes, porque yo lo he contado alguna vez, que los últimos años de mi vida me ha tocado vivir frente a los cajeros automáticos de una entidad bancaria. Vamos, que se encuentran a una decena de metros de mi balcón. No hay lugar que concentre más locos –excepto las antiguas redacciones de los periódicos- que el cajero automático de un banco. Veo a gente que se pone a hablar con ellos, como si fueran humanos, pidiendo que les suelten pasta, usando una tarjeta más agotada que las maracas de Antonio Machín. Otros lloran de impotencia cuando ven que el aparato no les hace ni puto caso. Yo estoy acostumbrado a que, cada vez que meto mi tarjeta en la ranura, suene La Marsellesa y se escuche una risa de fondo, así que en mi caso no hay problema. Estoy habituado al fracaso bancario. El viernes pasado, a las 2 y media de la tarde, cuando la sucursal de la entidad se hallaba cerrada, irrumpió en el local un hombre que reclamaba “su” dinero; y al punto llegaron tres coches de la Policía Nacional, alertada por el botón anti atracos que presumiblemente accionó uno de los empleados. El muchacho estaba bastante alterado, pero no se tramitó denuncia porque lograron calmarlo y conminarlo a que no repitiera la acción, so pena de consecuencias más graves. Ser bancario conlleva el ejercicio de una acreditada paciencia. Y ser cliente de un banco también, no crean. Yo, duro que cojo, duro que meto en el panzudo y sonriente cochino rosa que mi sobrino Sergio me regaló unas Navidades. No he conseguido llenarlo, pero al menos lo alimento con cierta frecuencia. Los cajeros se han convertido en lugares de reunión de pensionistas ansiosos, de menesterosos con los bolsillos enguruñados y de extranjeros, que se pegan una hora para obtener euros a unas comisiones que han subido a los 2,5 por operación. Quiero decir finalmente que los bancos también roban.

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