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España

España es el único país en el que, en los espacios deportivos de la televisión y la radio, se habla más de los árbitros que de fútbol. Se trata de una propensión endémica a cuestionar la autoridad. He visto programas de TV en los que los contertulios, verdadero mal de nuestro tiempo, emplean hasta una hora, o más, en debatir si una determinada jugada fue o no fue penalti, con lo que cuesta una hora en la tele. Esto, que en los primeros momentos puede parecer entretenido, luego te aburre sobremanera porque, tal y como está hoy el reglamento del fútbol, una zancadilla puede ser penalti y una mano también, dependiendo del árbitro y del partido. Al Real Madrid, la temporada pasada, le costó la Liga un penalti señalado a Militao, que no fue, y todo el mundo se queja de los trencillas, que son los verdaderos protagonistas del campeonato. En fin, que ya los encuentros de fútbol no tienen a los jugadores como protagonistas sino que las iras del aficionado se vuelcan en los árbitros. Si hay crisis entre los jueces, ¿cómo no va a haberla en el caso de los jueces del fútbol? Un tal Cuadra Medina la lio el otro día en Sevilla y parece que ha sido apartado de sus compromisos inmediatos, a la espera de lo que hacer con él. Los árbitros, en resumidas cuentas, son los destinatarios de la ira del fútbol, o por exceso o por defecto. Bueno, esto es España, señores, un país contracorriente. Un país en el que un rey es capaz de pactar no tener relaciones sexuales con su esposa -que era Isabel II- porque le gustaba mear sentado. Un país en donde triunfa la picaresca frente a la seriedad y en el que la excentricidad puede con todo. Un país en el que una plebeya puede con un rey. Un país en el que, en el fútbol, los jueces acaparan más actualidad que los jugadores. ¿Qué más les cuento?

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