el charco hondo

Los nervios de la primera vez

Son los nervios, dudas y torpezas de la primera vez, también los miedos, la incertidumbre, el sí, pero no, el vértigo de adentrarse en un territorio que desconocemos o, como está pasando con lo de quitarse la mascarilla en espacios interiores, la sensación de saltar sin red cuando regresamos a un pasado de caras descubiertas, narices sin barreras y boca sin bozal. Aturdidos, algunos al quitarse la mascarilla cuando entran en el súper, la cancha de baloncesto o el gimnasio, las tiendas y el bar sienten como si cayeran al vacío, paracaidistas a los que no se les abre el paracaídas, mal de altura, filo del precipicio, turbulencias en el avión, desconfianza, recelo, miedo. Son los nervios de la primera vez o la impericia de quienes llevan años sin hacerlo, la poca costumbre, el poco hábito, las mañas perdidas, ese nadar en la oscuridad que tiene a los nadadores de mar abierto braceando en zigzag o haciendo círculos. Quitarse la mascarilla nos devuelve al espejo, y lo que nos cuenta son perfiles diferentes. Hay quienes, derrotados por ese vértigo, se resisten, se la dejan porque el miedo es libre y el susto de cada cual tiene sus ritmos, lógico, razonable, respetable, son los que no necesitan que el Consejo de Ministros te diga que si estás raro, con síntomas o das positivo mejor dejar para otro día lo de ir a ver a los abuelos o quedar con los amigos, y te pones la mascarilla a todas horas sin que lo decreten. Al otro lado del espejo, donde Alicia en el país de las mascarillas, están aquellos que, sintiéndose ya cómodos viviendo al dictado de decretos que te dicten las horas y la vida, dependientes normativos, les cuesta recuperar el ámbito de decisión personal, el libre albedrío anterior a la pandemia, la libertad sin condicional, y despiertan incómodos a una realidad sin los gobiernos diciéndote a todas horas cómo almorzar, salir, cenar, entrar, desayunar, reunirte, abrazar, besar, follar o limpiarte los dientes con agua corriente. Y luego están los otros, él o ella, esos que llevan meses celebrando como si no hubiera un pasado mañana, quedando, echándose las copas y cruzando el río de las restricciones con la mascarilla tapándoles el bolsillo, ellos, y ellas, los que ahora que está permitido quitársela se echan las manos a la cabeza e incluso se preguntan si no será demasiado pronto, y, a cara descubierta, te dicen que en el súper se siguen poniendo la mascarilla porque es pronto para quitársela, pero al caer la tarde, hoy, viernes, se tiran diez horas sin ponérsela en una terraza de copas, dándolo todo, gritando y bailando en una lata de sardinas sin mascarillas, esos nervios de la primera vez argumentados por quienes no han parado de hacerlo.

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