el charco hondo

San Agustín

La tarde del 2 de junio de 1964 un cortocircuito en el coro de la iglesia de San Agustín, en La Laguna, provocó un incendio que se extendió rápidamente por la techumbre de tea del templo. Cuentan las crónicas que muchos vecinos se presentaron voluntarios para sofocar las llamas, y también que poco después, con la ciudad cicatrizando la herida, pusieron en marcha una campaña para la reconstrucción del templo, con el objetivo de repararan cuanto antes los daños y poder reanudar los oficios religiosos. No se logró. Al parecer, algo más tarde se desistió de esa idea, sustituyéndose por la iniciativa de crear una plaza pública sobre las ruinas. Tampoco se consiguió. Se abandonó el primer propósito, también el segundo. Únicamente los muros y columnas se mantuvieron en pie. Una iglesia con una historia que se remonta a comienzos del XVI, sede provisional de la Catedral en el transcurso de sus cinco siglos de existencia, reformada en varias ocasiones, destruida y reconstruida, ha pasado dormida los últimos cincuenta y ocho años, estando sin estar, testigo de los cambios que, acertadamente, con buen criterio, el casco ha ido experimentado en el transcurso de las últimas décadas. Proyectos que acabaron en algún cajón por falta de impulso o financiación, rehabilitaciones que no pasaron de carpetas, tramitaciones y expedientes, adjudicaciones sin rematar o la atención a otras prioridades terminaron por detener el reloj de un espacio que, ahora sí, por fin, recuperará el pulso con las obras de consolidación de las ruinas de la antigua iglesia, rescatándola de la soledad, del desuso y el abandono. La iglesia de San Agustín siempre ha estado en el paisaje familiar, en la retina de los míos, en el recuerdo, en la memoria de los que fueron o fuimos, y somos. En el transcurso de los últimos cincuenta y ocho años su ruinas nos han visto pasar, crecer, reír, envejecer, llorar, y despedir. Esas calles son el kilómetro cero de lo que vino después. Sus alrededores son la casilla de salida de tantas cosas. Creyentes o no, hay edificios que percibimos piel adentro, espacios que están en el mapa que nos trajo hasta aquí. La iglesia de San Agustín, y las ruinas que nos han acompañado desde los sesenta, merecían el rescate. Sesenta años después, ahora sí, se pasa de los propósitos a los hechos. Las obras han echado a andar con el horizonte de generar un espacio para la cultura y el ocio, para lagunear. Ayer, paseando por La Laguna, dejé que columnas, recuerdos, retinas, familiares, oídos y muros de San Agustín me soplaran estas líneas, piel adentro, de jueves santo.

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