¿Una novela?

Cuando le entregué a Lucas Fernández, presidente y editor de este periódico, el texto de mis Memorias ligeras me confesó que se lo había leído de un tirón, pero me insistió en que escribiera también otra novela. Lucas me confesó que mi crónica diaria alcanzaba picos de 40.000 lectores y que ese tirón había que aprovecharlo. Ya dije que si escribo una novela, me sale una crónica; y que si escribo unas memorias me sale otra crónica. No me salen sino crónicas. Pero he de confesarles que me provoca (dicho en el argot venezolano) escribir un relato divertido sobre la vejez. Sobre el anciano planchón en el que me voy a convertir inevitablemente dentro de poco, que no sabe manejar la tarjeta en un cajero y ha de llamar a la minifaldera con tacones de aguja para que le ayude. Ese voy a ser yo, pero las escenas del cajero, por mucho que ahora viva frente a él, no bastan para una novela. En las novelas es preciso hablar de amor y los amores tipo retrospectivo, vintage, tipo canción de Cole Porter, Beguin the beguine, sí son recurrentes. Yo tengo material y te juro, Lucas, que lo voy a intentar, tan excitado como estoy con esto del covid. Y como mi cuarentena terminó ayer, pues me voy a soltar la moña. Espero que no me vuelva a salir una crónica, porque vida sí he tenido, al menos para una novela y media. La sociedad actual se ha empeñado en denostar a los viejos planchones y en burlarse de ellos y mi intención es reivindicar sus voladas. El secreto de un buen viejo es parecer más joven y no vestir de oscuro; la ropa son cinco años. Hay que alegrar ese semblante y dar a la vestimenta un toque de locura, una pizca de esnobismo. Si te reconoces como carrucho empiezas a escuchar a Glenn Miller por todos lados. O sea, el final.

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