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Bahía de Cochinos

En mis tiempos en que hacía la dieta del cucurucho (comer poco y follar mucho) viajé unos días a Miami, invitado por una amiga del entorno del líder opositor cubano Eduardo Mas Canosa. Por cierto que Eduardo me mostró el primer teléfono satelital que mis ojos vieron funcionar. Cosa práctica. Conocí por allí a un tipo llamado Oswaldo, que había participado como mercenario -ellos los llamaban patriotas- en la invasión de Bahía de Cochinos, financiada por la CIA en 1961 y que terminó como el rosario de la aurora. Oswaldo era diabético y se pinchaba insulina en cualquier parte, sacando una jeringuilla de una cajita plástica que llevaba en uno de sus bolsillos. En Estados Unidos está prohibido hasta tomarse una aspirina en público, pero a Oswaldo todo le importaba un pito y se pinchaba hasta comiendo en un restaurante. No me acordé de incluir en mis memorias todavía inéditas el relato que me hizo de la invasión más chapucera de la historia, con cien muertos entre los mercenarios y 1.200 prisioneros hechos por las tropas de Fidel. Oswaldo escapó no sé ni cómo, pero allí estaba, flaco como un cangallo y con su jeringuilla a cuestas. Una vez fuimos unos cuantos de excursión, él incluido, por la bahía y cuando me estaba bañando tranquilamente apareció a poca distancia la aleta de un tiburón. Yo creo que cuando la vi me cagué, pero no me acuerdo bien. Sí recuerdo que tardé cinco segundos en alcanzar la escala del barco en el que navegábamos. El tiburón no me hizo ni caso, pero sí Eduardo, que me esperaba en cubierta con su jeringuilla en la mano. Cuando le pregunté qué hacía, me respondió: “Si te hubiera atacado se la clavo”. ¿Se imaginan a un tiburón con un chute de insulina?

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