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El cine

El cine español de la posguerra es también la crónica de la inteligencia puesta al servicio de la supervivencia. Eludir la censura fue su primera obligación y los directores, productores y actores lo hicieron con imaginación. Lo que no consiguieron fue meter escenas de sexo, explícito o insinuado, en aquellas películas, porque de impedirlo se encargaba una señora de negro y con collares de perlas que vivía en El Pardo. Recuerdo frases memorables del cine de posguerra, aunque a mí no me cogió de lleno el fenómeno. Escuchar a Pepe Isbert decir: “Hay momentos en la vida en que es absolutamente indispensable desmayarse” a mí me flipaba. O ver a Tony Leblanc ejercer de mudo y echarle un piropo a una bella mujer que, asombrada, le preguntó: “Oiga, ¿pero usted no era mudo?”. Y el otro le responde: “Era mudo. Hasta que pasó usted por delante, señorita”. Los desnudos en el cine tras la muerte de Franco se dispararon. Yo estaba en Madrid en los mejores meses de Susana Estrada, aquella actriz que se sentó, en tetas, en las rodillas de don Enrique Tierno Galván, con gran alborozo del viejo profesor. El cine guio en cierta forma nuestras vidas, en sus diversas versiones. Bergman era un coñazo pero los que se consideraban intelectuales lo adoraban. El llamado cine negro americano nos dio una pincelada de aquel “ejemplar” sistema judicial, por ejemplo. Y en las de indios y bandidos, sólo el gallinero del Teatro Topham, en el Puerto de la Cruz, aplaudía al malo, porque el actor de Hollywood Tom Hernández era portuense, sobrino de don Benito el zapatero. Y casi siempre hacía de cuatrero, aunque una vez interpretó al Zorro, es decir a don Diego de la Vega. Qué bonito era el cine de posguerra, aunque cortaran los besos por orden de doña Carmen.

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