el charco hondo

El misterio del tubo

Aunque poco o nada se ha escrito sobre el particular, dedicándose quienes buscan respuestas a descifrar otros misterios sin resolver como la maldición del edificio Dakota, la muerte de Amelia Earhart, el área cincuenta y uno, el objeto volante no identificado de Manises, el puente de los perros suicidas, la habitación 712 y las muertes de Hitler o Marilyn Monroe, quienes en la década de los setenta u ochenta fuimos de excursión con el colegio coincidimos en que, de lejos, el principal misterio que quedó sin resolver es el del tubo de leche condensada que las madres, ya abuelas, nos metían en la mochila. Cuarenta años después seguimos sin saber qué sentido o finalidad tenía aquel tubo de leche condensada, qué pretendían las madres, qué función tenía a ojos de las ahora abuelas y, sobre cualquier otra pregunta sin responder, qué pensaban que nos pasaría si nos íbamos de excursión sin la leche condensada. Aquello genera dudas tirando a razonables. Cabe recordar que descontando la logística en el colegio, y el subir al monte o regresar al colegio en guagua, de excursión, lo que propiamente podemos considerar una excursión, estábamos apenas unas horas, las justas para arramblar con tortilla, croquetas y bocadillos de refuerzo o, en su caso, para que los adultos contemporáneos (las profes, sobre todo) se zamparan parte de la mercancía con la excusa de hacer un concurso gastronómico, que, obviamente, ganaban los empollones que aspiraban a un sobresaliente cargando con una bandeja de dulces. Cronometro en mano, la experiencia forestal apenas duraba un par de horas, ni una más. ¿Qué querían que hiciéramos con la leche condensada después de comernos hasta los cordones de la mochila? Siempre tuvimos la impresión de que el tubo de La lechera encajaba en una lógica ilógica de supervivencia: leche condensada para aguantar perdidos por el monte en lo que nos encontraban, o algo así. Podría ser. Nunca nos perdimos porque ni para perderse daba tiempo. Llegabas, corrías cual gallina descabezada por un radio de trescientos metros a la redonda, comías, partido de fútbol con el balón rodando cada dos por tres hacia la punta del muelle, comías, recogías y otra vez a la guagua. Salvo que la leche condensada la metieras en la cantimplora, renunciando al agua, aunque lo intentáramos nunca habríamos tenido espacio, velocidad o tiempo para ingerirla. Mucho se ha escrito sobre el edificio Dakota o la desaparición de Amelia Earhart, y poco, o nada, sobre el misterio que quedó sin resolver durante nuestra infancia, la leche condensada que las madres, ya abuelas, nos metían en la mochila, sin que entonces o ahora nos hayan explicado qué pretendían o por qué les tranquilizaba imaginarnos de excursión con aquel tubo en uno de los bolsillos.

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