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España

España produce genios, pero hay genios malditos; a algunos de ellos la historia no los reconoce, basándose en la ideología del historiador. En realidad la historia no existe, porque está contada para la posteridad por gente que no la vivió. Es decir, que la historia es sólo un relato subjetivo que aporta lírica, poesía y gloria, pero que las tres premisas son falsas. La historia tiene también cosas incuestionables. Don Juan De la Cierva inventó el autogiro y su primera versión del helicóptero fue un hito. Ahora quieren negarle a De la Cierva su nombre para un aeropuerto porque fue cómplice del golpe de estado del 36. Vaya estupidez. Alfonso Ussía llama a esto la memoria infectada y no le falta razón. Eso de la memoria histórica es una memez porque nadie arregla nada derribando estatuas ecuestres, ya sean de Franco o de Primo de Rivera (por cierto, se alza una imponente de este último en Jerez de la Frontera y nadie la toca). Las estatuas sólo sirven para que las caguen las palomas, por eso yo la mía la guardo en mi casa y también porque sé que en mi pueblo jamás se alzará un busto de un servidor. Aquí, en el Puerto, hay uno dedicado a un hombre bueno; y no sé más. No, yo me alegro, porque los hombres buenos también tienen que lucir sus estatuas, entre tantas otras erigidas en honor a hombres malos. España es un país raro, en el que la gente se pasa el día en disputa; se pelea por todo. Hasta una ministra quiere censurar ahora las miradas lascivas. ¿Y cómo se detecta una mirada lasciva? ¿Existen termómetros para eso? ¿Y si a uno le pone una ministra, un suponer, qué tiene que hacer, desviar la mirada? Cada vez se pone esto más difícil.

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