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Gente muy fea

Decía Arturo Fernández que a las manifestaciones en España asiste gente muy fea. Sobre todo cuando las organiza la izquierdona, que tiene peor gusto que la derechona, mucho más glamurosa. Los feos han sido individuos recurrentes en el cine español y ni siquiera los recompone la gala de los Goya, que es como un congreso podemita en Las Ventas. Dice Ussía que hay más público en los Goya que en las películas de los asistentes y esta es una verdad rotunda. Es decir, que se produce una especie de oxímoron entre el número de los nada elegantes asistentes a esa gala y el público en general que distingue a las películas con su presencia. Cuando Franco, que en gloria esté –porque todo el mundo tiene derecho a no condenarse—, se organizaban en la televisión en blanco y negro concursos de feos y ganaban siempre los que tenían la boca más grande que aquel hermano Calatrava. La gente se reía mucho con los desvarados y se olvidaba de la política, que era lo que interesaba al caudillo y a sus compinches. La España negra existe todavía, no se vayan a creer los desocupados lectores, y de vez en cuando se pone ante nosotros un paisaje de tulliditos de Summer, un paisaje del pasado, que fue peor. España se nos ha convertido en un país de crispados, como la vieja Bardem, que también esté en la gloria, y como otros padres y madres de la izquierda atormentada. Yo alcancé a ver a los porroneros o aguadores en las estaciones de trenes, cuando la OJE me llevó desde Cádiz a Gijón en tren correo y llegué como un arenque ahumado por la chimenea de la locomotora. Allí no faltaban ni las putas, ni los soldados, ni la Guardia Civil. Todos muy feos.

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