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Jamón, jamón

Cuentan las lenguas de doble filo que el comunista Garzón –no el juez, sino el otro- se hinchó de jamón en una caseta de la Feria de Abril. Que yo sepa, ser comunista y comer pata negra no está reñido, ni existe una ley que lo impida. Otra cosa es la gastronomía selectiva: los sindicatos le dan al marisco y los comunistas al jamón. Es un poco el mundo al revés, aunque en los tiempos que corren cualquier cosa es posible, incluso que yo me haya equivocado en el artículo del viernes y haya llamado Eduardo a Jorge Mas Canosa, paz descanse, opositor cubano en el exilio que fue. En fin, no tiene demasiada importancia. Este es un país de jamones y de mariscos, dependiendo del consumidor, pero, desde luego, a nadie le amarga un dulce. Los comunistas se vuelven burgueses y los burgueses comunistas, lo que demuestra una vez más que nada es eterno y que todo cambia, dos máximas de la vida misma. Esta tarde me puse a caminar y tenía las piernas tan engarrotadas que parecía un abuelo planchón andando sobre las aguas del Mar Muerto, que es el mar más cochino del mundo. Una vez me metí y salí pringado hasta el culo de tanta sal y de tanta mugre. Ni dos duchas me quitaron el olor a muerto que da ese mar. De ahí su nombre y no del hecho de que no tenga olas. Es curioso esto de los artículos y los recuerdos. Me he convertido en un tipo versátil, que lo mismo habla de mares calmos que de mariscos y de jamones. Hay que ver lo que aporta el oficio, que es mucho más importante que la sabiduría, creo yo. Que ustedes tengan un buen domingo.

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