obituario

José Miguel González, el enamorado de los montes

Una vez, cuando el incendio de San José de Los Llanos, en el que estuve a punto de morir, me encontré a José Miguel González que bajaba, sudoroso, por un camino de tierra. Estaba dirigiendo las operaciones, no sé si en calidad de director general del Icona, de ingeniero de Montes, de delegado provincial de Agricultura o de Obras Públicas, de consejero de Hacienda, de concejal de La Laguna o de diputado provincial, que de todo esto fue. Me dijo: “Aquí no tienes nada que hacer y te estás jugando el bigote; mándate a mudar”. Le obedecí, porque si alguien conocía el monte de Tenerife este era José Miguel González Hernández. Y escapé.

Nos ha dejado, a los 87 años. Me contaba alguien que caminaba por Santa Cruz con un hijo suyo, tan inteligente como él, e iban ambos calculando la capacidad de los zaguanes en metros cúbicos, a ojo; y no fallaban. José Miguel, a quien sus enemigos políticos y el público en general llamaban “pelopincho”, por el parecido de su cabello con el del ídolo infantil Espinete, no era, creo yo, un nacionalista convencido, sino un técnico excepcional metido en el nacionalismo. Además de ingeniero de Montes era farmacéutico y no sé si acabó Derecho. En su cabeza cabía todo.

Había nacido en el norte de Tenerife y había encontrado hueco, en los paréntesis que le dejó la política, para iniciar otras actividades particulares, asociándose con éxito con otros empresarios de la isla. En su actividad pública fue un técnico implacable, celoso cumplidor de las normas. Por ejemplo, limpió de aquellas horribles vallas publicitarias las carreteras y autopistas, porque se empeñó en ello desde que entró en Obras Públicas, me parece que como delegado provincial. Le daba igual ganarse la enemistad de los publicistas con tal de que la isla brillara como el oro. Porque, eso sí, querer las islas las quería mucho y las conocía como la palma de su mano.

José Miguel escondía un gran sentido del humor bajo su gesto adusto y bajo su cara de pocos amigos. Era un sabio, en toda la extensión de la palabra, y amigo de sus amigos hasta el día de su muerte. Difícilmente encontrará Canarias un técnico de la sabiduría y poseedor de tanta lógica en la resolución de los problemas que surgían en su gestión como este hombre. Le gustaba empezar y terminar las cosas, jamás dejarlas a medias. Me ha causado mucha pena su desaparición y hacía mucho tiempo que le había perdido la pista. Supongo que sus amigos no. Fue miembro de una generación de personas brillantes que triunfaron en la cosa pública y a los que siempre encontrabas trabajando, al pie del cañón, sobre el terreno.

Estaba, eso sí, enamorado de los montes, que eran su pasión. Hizo mucho por su conservación, por la supervivencia de las especies, por la limpieza de las cumbres de la isla tinerfeña y de las otras del archipiélago y por el embellecimiento del paisaje. En la Consejería de Hacienda modernizó esta administración, la dejó al día y gestionó con mucho afán y acierto los impuestos de los canarios, modernizando la recaudación y dando formación a los funcionarios.

Descanse en paz este trabajador incansable, este hombre inteligente y capaz, clave de un periodo crucial en la política canaria y en la gestión eficaz en los diferentes cargos que ocupó. Reciba su familia el testimonio de nuestra condolencia.

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