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Padre e hijo

Quien llegue al final de este artículo me podrá decir que don Juan Carlos traicionó a su padre, don Juan, cuando Franco se saltó a este último de la cadena real. Las opiniones son libres. Ahora leo en algunos periódicos y escucho en las tertulias de iletrados que el rey actual, el chico, abroncó a su padre, en La Zarzuela y en privado, por la que armó en Sangenjo, Sanjenjo, Sanxenxo, Sanleches o como se diga. No fue el rey viejo, fue el pueblo, la gente, que decidió aclamarle. Es decir, que mientras al padre lo aplauden y lo vitorean, el hijo abronca al padre. A ver si van a tener razón los que claman por la república. La república (en España) derrama más sangre, pero arma menos líos. Si el rey padre no tiene ninguna cuenta con la justicia en España –lo de Corina en Inglaterra no pasa de una denuncia aceptada por la corte penal–, don Juan Carlos puede hacer lo que le dé la gana. Podrá venir a España, en jet privado o en patinete, cuando le plazca. Y si es residente fiscal fuera de España –porque vive durante más de seis meses en Abu Dabi— le rendirá cuentas de sus negocios al fisco de los Emiratos, no a la voraz Agencia Tributaria española. Todo lo demás es leche de machanga. A mí el rey emérito me cae bien y, excepto por lo del elefante, que fue una crueldad, no tengo nada que objetarle, ni reprocharle, y más si ha regularizado. Pero hay cuatro pejigueras que no quieren ver sino comportamientos inapropiados en el viejo monarca, que ha rendido servicios muy importantes a España. Entre ellos, librarnos de un golpe militar. Además, es muy feo que un hijo abronque a un padre.

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