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Venecia

Nada hay más bello que navegar por el Gran Canal de Venecia y mirar detenidamente por entre las bocacalles que desembocan en el mar; incluso divisar desde el barco la Plaza de San Marcos. Leones, salitres y mareas que inundan el paisaje llano de la ciudad. Pronto los viajeros no podrán gozar de este espectáculo porque los enormes buques dejarán de circular por el Gran Canal, rumbo al muelle, mientras una legión de aguas vivas se dispersan por la acción de sus hélices. Todos ellos escoltados por las góndolas que se atreven en el canal, en las que mal navegan turistas japoneses que inmortalizan su pequeña aventura con sus cámaras. Ya cantó a Venecia Aznavour, que fue su mejor intérprete. Murió Aznavour, queda Venecia, pero Venecia sin ti. Cada vez que voy a Venecia hago un diario de mi estancia en la ciudad. Incluso cuando podía permitirme dormir en las camas con dosel del Danieli, uno de los más famosos hoteles de la ciudad, que tiene una escalera fastuosa desde los tiempos de Giacomo Casanova, el veneciano que sedujo a 122 mujeres. Brindaba con ellas, en sus furtivas noches palaciegas, con copas de cristal de Murano. Cuando uno navega por el Gran Canal contempla esos palacios renacentistas, anclados en el agua del Adriático, soportados por las islas que conforman la ciudad. No hay palabras para contar el glamour apagado de Venecia, una ciudad que puede ser tan luminosa como gris. En la plaza de San Marcos tocan a Mozart los músicos de una orquesta de etiqueta y reluce, orgullosa de sus tiempos de gloria, la columna donde ajusticiaban a los reos. Venecia sin ti, efectivamente, pero ahí está, con sus fábricas de góndolas y sus aguas vivas, su mal olor y sus pequeñas y soleadas calles de mar.

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