después del paréntesis

Crímenes

Los crímenes ocurrieron en la Calle Serrano, en el barrio de Salamanca de Madrid. Es una zona muy rica de la capital de España, zona distinguida. Allí una pareja, Fernando González Castejón, de 53 años, y ella de 44. La urdimbre de la escena proclama próvidos recados al suceso. El susodicho se beneficiaba de preclaros títulos de nobleza, conde y marqués. Lo cual atisba la ínsita relación con la cúspide de la monarquía española. O lo que es lo mismo, del pasado al presente en esa instancia. Y en la instancia lo que, conforme cuentan los vecinos anonadados, ese sujeto proclamaba: salía con frecuencia a pegar tiros hacia un blanco con una escopeta al patio de su casa o hacía colgar una bandera no constitucional en su balcón. De lo cual se deriva la evidencia; en condición personal la violencia o la astucia de satisfacer su trono con armas hacia lo otro o los otros, complot con la soberbia y la autocracia palmaria; en lo político la deducción, en contra de la democracia y de lo que España es. Ahí la manifiesta dictadura, el franquismo. ¿Persona fuera del mundo o mundo a expensas de la persona? Eso era. Y actuó. En la noche correspondiente cargó un revolver (sin que tuviera permiso de armas, pero él fue en suficiencia), entró en el salón de su casa en el que encontró a la sirvienta de poco más de 70 años de edad y disparó; luego dio pasos hacia la cocina en la que se topó con su esposa y asimismo la mató. Y como lo hecho da sustancia a lo que él supo, aunque no lo aceptara, que era maligno, llevó el caño del revólver hasta su boca y disparó. La policía fue avisada a las diez de la mañana por los contiguos. Allí se presentaron pertrechados, corazas antibalas incluidas, no fuera a ser que el predicho, en posición de su verdad irrefutable, aún se encontrara allí en asiento de su verdad y se defendiera a disparo limpio. No fue. Descubrieron. Descubrieron tres cadáveres, no la causa de lo que dio ver a tres cuerpos en el suelo. Pero se sustancia. Se sustancia al ser. El punto ideológico es su nudo. Pongamos a la mujer en su extremo, zafarse de esa relación, malos tratos incluidos, y el susodicho en su punto: él es el que impone la condición. Resultan individuos malignos, por lo que confirman, por lo que hacen. Eso contemplamos los vivos, eso ratifica el suicidio. Un sujeto como tal no le debe nada a la justicia de una nación que ahora no era la suya y que no contaba con sustento alguno para sus dogmas. Se dice pavoroso. Verdad. Eso queda.

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