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Don Federiquillo

En el Puerto de la Cruz de mi niñez había dos curas llamados Federico. Uno ostentaba la dignidad de canónigo, don Federico Afonso, que lucía botonadura roja y era hombre mayor y serio. Pero mandaron como coadjutor de la Peña de Francia a un cachondo de Los Silos llamado Federico, pero Ríos de apellido. Un adelantado. Le molestaba escuchar los rollos de la gente que se iba a confesar con él y tampoco le interesaban lo más mínimo los pecados de sus feligreses. Y los despedía enseguida, absolviéndolos sin dejarlos apenas hablar. Nosotros, de chicos, nos apostábamos cerca de los confesionarios para escuchar las culpas de las viejas, casi siempre sordas, que se iban a poner en paz con su conciencia. Los pecados de las viejas huelen a tuberías sin agua. Don Federiquillo -que así lo llamaban para diferenciarlo del canónigo- casi no las dejaba hablar y nosotros nos cabreábamos mucho, fisgoneando junto al kiosco, porque nos gustaba el morbo de las viejas vomitando pecados mortales. Cuando yo me confesaba con don Federiquillo Ríos escuchaba siempre la siguiente frase: “Vete al carajo y no vuelvas más por aquí, coño, que esos no son pecados ni son nada”, decía, cuando no te cortaba antes de que te acusaras de una mirada perversa a la tía más tremenda del Puerto y la posterior consecuencia. Tras el alegato, si te dejaba, sin escucharte apenas, te daba la absolución, que era absurda porque, teóricamente, según él, estabas libre de toda culpa. Don Federiquillo pronunciaba unos sermones disparatados, pero a su manera era un cura progresista, que abrazó el Vaticano II mucho antes de que se iniciara este concilio, abandonando a los curas de Trento, la clase imperante. Recuerdo su sotana sucia y corta, que dejaba ver unos pantalones que recordaban que debajo había un hombre.

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