economía

Invertir y controlar las emociones

En estos tiempos es un error frecuente especialmente para el inversor minorista que tiene posiciones en fondos de inversión o directamente en renta variable, dejarse llevar por sus sentimientos, de negatividad en este caso al experimentar abultadas pérdidas latentes, y querer deshacerlas materializando las mismas en aras a evitar una sangría mayor
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Como ya anticipábamos a principios de año, 2022 está resultando ser un punto de inflexión en todos los sentidos: (i) la inflación roza el doble dígito, (ii) se endurece la política monetaria con subidas de tipos y retirada de estímulos, (iii) conflicto bélico Rusia-Ucrania con efectos a escala mundial, (iv) caída de las bolsas y de la renta fija, (v) escasez de materias primas energéticas y alimenticias, (vi) reapertura económica global tras dos años de pandemia.

Todos estos cambios tienen múltiples efectos en nuestra vida cotidiana y por supuesto debemos reflexionar y actuar en consecuencia. En casi todos los ámbitos deberemos adoptar medidas para mitigar un eventual efecto negativo propiciado por dichos cambios, si bien, en algunos como en la inversión, si somos inteligentes, no demos dejarnos llevar por las emociones y ser disciplinados. Esto es lo que diferencia fundamentalmente a los buenos inversores del resto, o, dicho de otra forma, lo que permite ahorrar a largo plazo vs errar en el intento.

En estos tiempos es un error frecuente especialmente para el inversor minorista que tiene posiciones en fondos de inversión o directamente en renta variable, dejarse llevar por sus sentimientos, de negatividad en este caso al experimentar abultadas pérdidas latentes, y querer deshacerlas materializando las mismas en aras a evitar una sangría mayor. Esta decisión, la mayoría de las veces desacertada, está condicionada por un nivel psicológico de pérdidas asumibles que se ha visto rebasado, o bien, por no tomar en consideración otros aspectos tan relevantes como: la volatilidad es una característica intrínseca de los mercados, con qué objetivo se ha invertido, bajo qué horizonte temporal y el coste de oportunidad de no estar invertido, máxime con una inflación próxima al 10%.

Es evidente que para invertir hace falta adquirir cultura financiera, pero también puede formar parte de la educación del ahorrador el propio camino recorrido para adquirir el status de inversor. Cuando reina la incertidumbre, conviene recordar algunos preceptos que cito a modo de consejos: (i) ser humildes y entender bien en qué se invierte, esto es, ceñirse al círculo de competencia, (ii) saber ponerle un valor a lo que se compra, y pagar un precio con un descuento importante sobre el primero, (iii) aprender de los mejores, sacar ideas de disciplinas consagradas y utilizarlas como rutina, (iv) leer mucho, mejorar cada día y tener mucha paciencia, (v) tener convicción y lanzarnos cuando encontramos oportunidades inusuales, (vi) saber vender cuando se alcanza la rentabilidad objetivo, esto es, no enamorarse de las inversiones, (vii) preparase para situaciones adversas, (viii) centrase y aplicar el sentido común, (ix) generar dinero es una cosa, preservarlo es otra bien distinta y (x) invertir siempre con vocación de largo plazo, recordar que los grandes maestros de la inversión no se han hecho ricos de la noche a la mañana, de hecho Warren Buffet (91) ha amasado prácticamente toda su fortuna a partir de los 50 años.

Cada vez más, cobran un mayor protagonismo los factores conductuales. No hay que olvidar que tras los mercados hay personas (aunque también robots e inteligencia artificial, pero sigue siendo residual) y, por tanto, afectan las emociones en el comportamiento inversor. La Teoría moderna de carteras introducida por Markowitz en 1952, si bien asentó las bases para la optimización de estas en términos de diversificación, no acertó, en la medida en que suponía que los mercados funcionan mediante la toma de decisiones perfectamente racionales por parte de los inversores, tesis que tumbaron los profesores Stiglitz y Grossman en 1980. Las diversas burbujas y crisis financieras hacen mella en el estado anímico de los inversores, generan pesimismo y desconfianza. La irracionalidad de los inversores se vuelve patente en las épocas de pánico y euforia, como se ha visto recientemente con la corrección de las tecnológicas ligadas al confinamiento.

Es fundamental para los inversores mantenerse disciplinados a la hora de enfocar sus objetivos financieros. También es importante conocerse a uno mismo como inversor, así como los sesgos que podemos tener. El mercado no es eficiente ni racional al 100%, en la medida en que las personas no lo son en su comportamiento. Como dice Warren Buffet: “invertir es sencillo, pero no es fácil”. Recuerden: asesórense bien.

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