después del paréntesis

Las balas no matan

Hay historias que confirman la abyección de los hombres. Fue un desafío que ocurrió en los inicios del siglo XIX y explica el urdir de los jactanciosos. Uno acusó al otro de injuria contra una mujer; el otro fundamentó su cólera por la falsedad de la injuria contra la mujer. La intriga fue por dama hermosa y, por bella, la posesión. Solo de uno, era el caso, que eligió sin que ella lo consintiera. William Cotter decidió por consumado jerarca de lo suntuoso, de la autarquía, del señorío. Ese era él; ella, la cándida hija del conde X, el premio. El otro miró, se desplazó y saludó cortésmente tomando la mano de la reina que besó inclinándose. Suficiente para la suspicacia. Y el reto que Albert Gleason, en hombría, hubo de aceptar. Se cuentan los padrinos para el caso. El que se mueve en pos del honor, aunque en verdad no lo hubiera perdido, satisface. Así la cosa, mañana de un lunes siniestro en la encrucijada del jardín de la mansión tal. Allí se encontraron. El protocolo de las armas estaba decidido, pistolas a elegir. La brillante para el engreído, la adusta para el sorprendido. El oficial en su cargo. Tomar las armas, introducir la pólvora correspondiente, aplanar los perdigones y… Pero aquel cuento para el experto en artefactos de fuego no resultaba claro. Un hombre, el agredido, no podía morir por semejantes monsergas. No podía morir porque el conde retador era un experto en esas suertes. Luego el contrario no escaparía de un disparo en el pecho que lo llevaría a la tumba irremisiblemente. Así es la patraña, se dijo, si no hay remedio. Lo impuso: una carga de fogueo. Los dos espalda contra espalda, los dos ante los diez pasos oportunos, los dos se giran hacia el otro, levantaron el brazo con la pistola en alto, dispararon y… Se descubrió el desfalco. “No hay compasión que valga”, dijo el noble Gleason; “seré yo el que cargue las pistolas para que el conde dispare”. Entonces la linda señorita Ana Hyde, que allí se encontraba, se dispuso a intervenir. Salió de la concurrencia velada y se colocó ante el hombre con los brazos alzados hacia el pecho en el que habría de recibir sin remedio el balazo. Desafiando al tiempo y al machismo, dijo: “Su dignidad no ha de probar que es más hombre de lo que es”. Eso alegó la mujer contra los machos. “Cuestión de decisión”, razonó; “porque soy libre, y a los seres libres no nos eligen, elegimos. Y yo lo elijo a usted”. En razón la historia confirma: las balas no matan, los ojos sí.

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