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Pobres cabras

Me parece una crueldad que se someta a las cabras a un baño indeseado en el muelle del Puerto de la Cruz, un recinto cerrado donde toman el baño personas. Las cabras sufren pánico, además de dejar perdida la arena tan escasa que ocupan los bañistas que utilizan ese recinto cada día. No hay nada más cierto que la cabra tira al monte, no al mar, y que por mucha tradición, guanche o china, que se le quiera buscar al baño de las cabras a mí eso me parece una soberana e innecesaria chorrada. Quiero decir, que la sanidad pública debería tomar cartas en el asunto; y una de dos: o se prohíbe en el muelle portuense el baño de las personas o las cabritas se quedan en el monte, que es donde deberían estar. Vaya manía de crear tradiciones ancestrales donde no las hay; lo que sí hay es mucho esnobismo y mucho cuento y lo peor de todo es que si discrepas, como yo, enseguida apelan a la memoria de Chucho Dorta, paz descanse, que era un tío estupendo y compañero mío de colegio –aunque en distinto curso–; pero lo de las cabras se lo inventó él, y me parece muy bien, pero es una cochinada. A mí me preocupa el pánico que sienten estos animalitos –y estarán de acuerdo conmigo los animalistas–, que huyen del baño y de las olas y se sienten acorralados durante una ceremonia que tiene menos de ritual ancestral que yo de obispo mormón. A mí estas cosas me parecen fuera de lugar, tan fuera de lugar como un absurdo carnaval en junio cuando aún la pandemia reina sobre nuestro día a día. Aquí nos inventamos tradiciones con mucha facilidad, la mayoría de las veces sin rigor histórico. Inventen menos y lean más.

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