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Al amanecer

Yo asocio el amanecer con mis fugas de la Casa de Ejercicios Espirituales, porque no quería oír hablar de la muerte. Los curas se empeñaban en enviarnos allí, a escuchar absurdas teorías sobre cielo e infierno, y yo me fugaba, siempre al amanecer. Recuerdo el ruido de las escobas de palmeras de los barrenderos municipales y el agradable fresco de la mañana, al tiempo que me veía liberado de aquellos muros no deseados. Entonces caminaba y caminaba hasta la parte baja de Santa Cruz para coger un coche pirata que me llevara a casa. En casa se alegraban de la fuga, pero en el colegio quedaba como un niño cobarde de quince o dieciséis años que no quería oír hablar de la muerte. En el fondo era un valiente: todos mis compañeros se habrían fugado de aquella pantomima, inventada por San Ignacio de Loyola, que analizada con los años no lleva a ninguna parte. Los ejercicios espirituales empezaban con el infierno y terminaban con el cielo. Yo no había leído al Dante, me asustaba la muerte y no tenía por qué escuchar aquella ristra de sandeces que perturbaban mi optimismo infantil y mis ganas de vivir. Este sábado pasado, que me levanté al amanecer, he recordado aquellas fugas y me pareció escuchar las escobas de hojas de palmeras de los barrenderos, aunque no las pude ver, no sé si todavía limpian las calles con ellas. El fresco de la incipiente mañana contribuyó a agitar mis recuerdos juveniles y sólo faltó el coche pirata, una rubia Peugeot 403, que ya no existe, para completar mi particular y poco añorada Divina Comedia hasta llegar al Puerto de la Cruz, donde me refugiaba en la casa de mis abuelos, que era mi paraíso. La religión es una pérdida de tiempo. Porque arrastra soledad.

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