tribuna

La Italia que no es de Putin

Ganan Putin y la ultraderecha italiana. Es el resumen simplista de la consecuencia de la dimisión de Draghi. Puede ser que esto sea cierto, pero a mí me surge una pregunta: ¿qué pasa con la gente? ¿Se han despertado todos simpatizantes del ruso y nostálgicos del fascismo de un día para otro? No lo creo.
La última vez que estuve en Roma, el día que fuimos a ver los Caravaggios que hay en Santa María del Popolo, nos tropezamos con un grupo de jóvenes cantando: “Bandiera rossa la trionferá”. Era una mañana azul y la masa verde del Pincio se dejaba caer sobre la plaza como un rebose de los jardines de villa Borghese. La sensación era que no había nada nuevo. Una boda salía de una de las iglesias del tridente y un coche gris, como de Mussolini, llevaba a los novios arrastrando guirnaldas y cintas de colores. Solo me faltaba ver a Filomena Marturano corriendo detrás para darme cuenta de que estaba ante esa Italia verdadera que nunca muere. Casi cuarenta años atrás las Brigadas Rojas habían matado a Aldo Moro y su cadáver apareció enroscado en el maletero de una Renault 5. Allí seguían cantando “Compagni avanti alla riscosa, bandiera rossa, bandiera rossa”. Ahora se escucha O bella ciao, que es como El cant dels ocells sustituyendo a Els Segadors. La gente se lo aprende y ya está. Son cosas de la gente. Pero, en realidad, ¿qué es lo que piensa la gente? Francamente no lo sé. Hace poco me enchufé a filmin y vi varias películas de Visconti. Hay algo emocionante en esa escena del Te Deum de El gatopardo, cuando la familia Salinas ocupa polvorienta la iglesia de Donnafugatta. Casi es tan fuerte como el vals que baila Burt Lancaster con Claudia Cardinale, poniendo en pie a la elegancia dándole una oportunidad a una chica del pueblo en un palacio de Palermo.
Aquella tarde se nos hizo de noche en el Pincio y estuvimos un rato, cogidos de la mano, como perdidos, esperando a un tranvía que no venía y que tampoco sabíamos a dónde nos iba a llevar. Un cuervo nos observaba desde las ramas de un pino. Más abajo, una pequeña construcción circular, con columnas corintias, al borde de un estanque. Por fin entramos en un elegante barrio, lleno de embajadas, como si todo el mundo quisiera tener presencia en Roma. Entonces me di cuenta de la cantidad de países insignificantes que pretenden sacar la cabeza para estar también allí. Unas chicas sudamericanas, de ese tercer mundo protegido por el papa, nos dijeron dónde teníamos que hacer el transbordo para regresar al hotel. Creo que les daba igual Visconti, Enrico Berlinguer o Aldo Moro. Incluso hasta Draghi si eso hubiera ocurrido hoy. Limpiaban las casas de las familias romanas, de esas que vivían fuera de los barrios que retrataba el neorrealismo. Me dio la impresión de que estaba en un país en el que las cosas ocurren de forma natural al margen de la política.
La política puede convertirse en un esperpento, en una escena de Totó y Aldo Fabrizi que tan bien saben interpretar los italianos, agitando las manos arriba y abajo, pero la realidad es otra. El comendatore sigue fabricando coches en su fábrica de Turín y los cardenales norteamericanos se reúnen a comer en un restaurante del Trastevere. Italia siempre será esa olla hirviendo donde los carabinieri que hacen guardia a las puertas del Quirinal se hacen fotos con los turistas. Un país que estuvo en el suelo, cuando las vacas iban a pastar al foro hasta que los papas lo volvieron a poner de pie. El recuerdo de los amores de Elena Mutti con Andrea Spirelli en Il Piaccere, de Gabrielle D’Annunzio. Allí estuvimos, frente al palacio Barberini, en un hotelito de las Quatre Fontane donde la luna se convertía en trozos a través de una persiana.
Qué quieren que les diga: en Italia pasa lo de siempre. También allí mataron a Julio, bajo las columnas del teatro Marcelo y los visitantes introducen sus deseos por la boca de una medusa para que les adivine el futuro o tiran monedas a una fuente para encontrar el amor. Pero aquí todo se recompone y renace, como los graznidos de los gansos que gritan en el Campidoglio, al ver pasar la vespa con Gregory Peck y Audrey Hepburn. La gente sigue comprando en el Roma Due, de Balkany, y, de paso, cuando atraviesan la autopista que los lleva a Fiumicino, ni siquiera se dan cuenta de que todavía está en pie el Palazzo de la Civiltá del Lavoro, levantado en el esplendor del fascio. También lo pueden ver en todos los libros de Arquitectura. Ahora leo a Italo Calvino, un italiano nacido en La Habana, y compruebo cómo cada día nos alejamos más de la literatura para explicarnos las cosas que ocurren.

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