después del paréntesis

Lanzarote

A finales de los años 40 del siglo pasado alguien salió de una isla (Tenerife) hacia otra isla (Lanzarote). El paisaje impuso al sujeto tal impacto que el frenesí lo transformó. Los signos vistos resultaron contrapuestos al real. Y el escritor decidió. Primero poemas, el no muy apreciable “A la sombra de los cuervos” (1947); de inmediato una de sus obras más reconocidas, escrita por esas fechas pero publicada mucho tiempo después (1973), “Mararía”. Eso es Lanzarote, el Lanzarote readmitido en cuerpo de mujer y el Lanzarote del delirio, Rafael Arozarena.

A finales de los años de 1920 llegó a la isla. Descubrió el concierto de astucias que embargaron su alma por el primor, paisaje que se desprendió de sí para tocar el ensueño. Recorrió y dibujó los pueblos, hizo clamar a las salinas, la lava en su pormenor y tocó y tensó el viento permanente de Lanzarote. Ese mundo no era humano, era un mundo a constatar por el invento. Y actuó en pro de la “guía integral” de Lanzarote, guía que la sitúa en el Atlántico con sus exactas coordenada pero que habría de ser consumada por la palabra poética. Y por eso Lanzarote es “Lancelot” en uno de los libros más bellos que conocemos en las islas y en el idioma: “Lancelot 28º-7º”, Agustín Espinosa.

¿Por qué y cómo la conmoción? Por lo singular, por lo inédito, por lo sorprendente, por lo insólito. ¿Qué queda? Uno de los factores más admirables de la actuación en turismo y conservación de Canarias es la obra de César Manrique en Lanzarote. Cierto. Pero hemos de ponderar. “Uno”, obra manifiesta y nueva del autor existe en la isla, el Mirador del Río. Es única, la mejor intervención de Manrique en su vida. En el Jardín de Cactus lo mismo. No se atisba conservación sino intervención. “Dos”, igual se revela en los lugares ordenados con primor por el artista: los Jameos del Agua y la Cueva de los Verdes. Excepcionales, pero sin la instancia manifiesta de lo original. De donde subsiste vivo allí lo que el hombre no puede tocar: la gran conmoción del fuego, Timanfaya.

¿Qué asigna valor a lo que la isla es, lo que la confirma o lo que la decora? La astucia de Manrique fue sostener, pero su función fue más allá. Impuso un modelo unitario en lugares en los que lo unitario no cabía. Y eso desarma la visión primitiva, entre lo arábigo florido y lo racional insular. Lo que afianza a los lugares es lo que los espacios transmiten en su absoluta revelación e integridad, no lo que los condiciona, Agustín Espinosa y Rafael Arozarena.

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