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Nicolás Dorta: “Escribir este libro ha sido un acto de aislamiento en el que me interesó más trabajar con lo ‘no dicho’ que con lo que se dice”

El periodista y escritor tinerfeño publica en Diego Pun Ediciones su primera novela, que inaugura la colección 'Faro de Teno'
Nicolás Dorta (Guía de Isora, 1978). Ramón de la Rocha

La editorial canaria Diego Pun Ediciones, especializada en literatura infantil y juvenil, acaba de poner en marcha este mes de julio al que le queda una semana una nueva colección, Faro de Teno, con la que busca dirigirse a lectores adultos. Autores contemporáneos y clásicos -sobre todo a partir de algunos de sus textos más desconocidos- conviven en una iniciativa editorial “abierta a la experimentación, la transgresión y la innovación, tanto textual como visual, teniendo siempre presente el concepto del libro como un objeto artístico”, explicaron en su día en Diego Pun. Como texto inaugural de Faro de Teno, la editorial tinerfeña ha elegido Doble cristal, el segundo libro, la primera novela, del escritor y periodista -y licenciado en Filosofía- Nicolás Dorta (Guía de Isora, 1978).

-En ‘Doble cristal’ hay un escenario físico, pero sobre todo existe otro mental, el que se halla en la cabeza del narrador. ¿En esta elección que adopta para escribir su novela hay más una voluntad de reflejar el aislamiento y la soledad o se trata -quizás justo lo contrario- del intento de comunicar aquello que no se puede decir, que no ocurre en una realidad, digamos, objetiva?

“El libro parte de una persona que escribe cosas que recuerda o cree que pasaron, en un ejercicio de búsqueda de uno mismo. He querido trabajar con lo no dicho, porque en el texto me interesa más lo que no se dice que lo que se dice. ¡Otra cosa es que lo logre! [risas]. El doble cristal, en el sentido físico, está hecho para que no entre el ruido en las casas, para conservar la temperatura ambiente, para aislar y proteger. En mi caso, escribir este libro ha sido un acto de aislamiento -sumado al que ya teníamos por la pandemia- y de protección contra el mundo. Pero creo que eso no tiene nada de particular, supongo que quien escribe se aísla y se protege de algo”.

“Admiro a los que escriben lo que han querido escribir: uno siempre corrige y duda; eso puede ser una tarea infinita”

-En su anterior libro, los relatos que se reúnen en ‘Las zonas comunes’ (Ediciones Franz, 2020), también sus protagonistas son quienes cuentan las historias. ¿Qué oportunidades y qué dificultades le brinda esta literatura en primera persona?
“A veces escribo en primera y otras en tercera persona. Según demande el texto. Y escribir en cualquiera de ellas me parece igual de difícil. Me preguntan sobre si lo que escribo es autobiográfico y digo que sí y también que no necesariamente. Montaigne escribió que la materia de sus Ensayos era él mismo. Comparto esa mirada hacia el interior y su escepticismo: escribir porque dudas. También lo hizo Descartes. Todos mis personajes están narrados con un poquito de uno mismo. En Doble cristal, en la segunda parte, la protagonista es una niña. Y yo soy también un poquito de esa niña. Las zonas comunes y Doble cristal se parecen mucho en ese aspecto, porque tampoco hasta ahora he sabido hacer otra cosa”.

-El pasado, y cómo condiciona el presente, es un elemento que vertebra la novela. Ahora que hablamos tanto de autoficción, ¿de qué manera la memoria construye su literatura? ¿Hay un momento en el que conscientemente deja de ser fiel a lo vivido, a lo recordado, y la imaginación asume el protagonismo?
“Acabo de terminar el libro Lugar del tiempo, del poeta canario Luis Lenz, y he subrayado: “Negar la imaginación es negar la memoria. Y negar la memoria es negar la imaginación”. Hay mucho invento en lo que recordamos, porque necesitamos darle un sentido al relato ante la dificultad de recordarlo todo, y ahí entra la imaginación. Es imposible recordarlo todo. Sería terrible. De todas formas no creo que en la literatura, no así en el periodismo, lo importante sea ser fiel a lo que uno recuerda. Lo importante es la historia que uno cuenta. A mi me gusta mucho Emmanuel Carrère por cómo escribe, no por si es verdad o no lo que escribe. Con respecto al pasado, creo que en la infancia se definen muchos elementos de nuestra personalidad. Y eso me ha interesado explorarlo. La familia también determina patrones que luego repetimos. En psicología eso se llama apego inseguro o evitativo”.

“Siempre parto de una historia que llega como un ‘flash’ y me lleva a otras; busco darle un sentido y, con suerte, una música”

-‘Doble cristal’ se estructura en dos partes protagonizadas por dos hermanos: un periodista y una profesora. ¿Qué le brinda a su historia esta relación, esta dualidad y esta doble visión, masculina y femenina?
“Sí, un periodista que se hace preguntas a sí mismo y una profesora de matemáticas que pinta cuadros de rostros reales pero que nunca conoció. Los dos personajes comparten un suceso que no puedo contar”.

-¿Qué simboliza -si es que verdaderamente se trata de un símbolo- el regreso de ambos al hogar familiar, a la casa de los padres y a la de los abuelos?
“Ahora vivo en la que era la casa de mis abuelos. Y he regresado al pueblo de manera permanente. La casa familiar como refugio de un niño que sigue buscando a aquella madre que lo llevaba a la playa todos los veranos. Puede que haya algo de eso… abuelos y padres son parte de las historias del libro y parte de lo que ahora yo soy”.

“No quería hacer un relato lineal de nacen, crecen, se reproducen y mueren. O quizás no lo sé hacer”

-Usted es periodista, como uno de los protagonistas de ‘Doble cristal’, y en la novela no faltan las reflexiones sobre periodismo. ¿Qué papel desempeña el oficio de contar historias justo en esa historia que nos cuenta el relato?
“El periodismo me ha dado la oportunidad de contar la vida. Las cosas que les pasan a las personas. Es un oficio que pone la mirada en la condición humana. El periodismo está en el periódico, que es un milagro colectivo maravilloso, hasta que se desmorona. En el libro, yo quería hablar del peligro que corre el periodismo cuando se institucionaliza o se municipaliza, cuando pasamos de ser periodistas a copistas, cuando los gabinetes de prensa, que lógicamente protegen al poder, mandan sobre una redacción, porque el negocio de una empresa periodística depende, por ejemplo, de ayuntamientos y demás gobiernos o de partidos, o de otras empresas. Esto es algo más complejo, pero así el oficio se precariza. Y el periodista se cansa. Y se va o lo echan. Y en ese escenario de precariedad es difícil hacer un buen periódico”.

-¿Cómo ha sido ese paso de escribir relatos a armar ahora una novela?
“La novela es en realidad un conjunto de relatos que se relacionan. Su estructura es circular. No me interesaba hacer un relato lineal de nacen, crecen, se reproducen y mueren. O quizá tampoco lo sé hacer. Envidio, admiro, a los que escriben una historia redonda. A los que escriben exactamente lo que han querido escribir. Uno siempre esta corrigiendo, dudando y eso se puede convertir en una tarea infinita”.

-¿De qué manera desarrolla su faceta de novelista? ¿Necesita contar con una estructura muy bien definida, se obsesiona con los detalles o más bien parte solo de una vaga idea que se desarrolla y amplia a medida que va trabajándola, que la va escribiendo?
“En mi caso, lo último. La clave es sentarse y escribir. Parto de una idea, una historia que viene, como un flash, y voy sacando textos que me llevan a otras historias. Y trato de darle un sentido y con suerte una música. Yo creo en el trabajo de sentarse. En ir anotando en la libretita y pasarlo luego a la pantalla. Y sí, me obsesiono con los detalles, claro. No soy Mozart, que apenas corregía. De hecho no me gusta leer otra vez el libro porque encontraría algo que quitar”.

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