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Periodistas muertos

Conocí, cuando era un pibe, a buenos periodistas tinerfeños. Don Luis Álvarez Cruz, con el que no me llevé nunca bien, era el mejor entrevistador que he conocido. Un maestro. Don Víctor Zurita fue un escritor lírico sensacional, muy involucrado en los grandes temas de Tenerife de su época: puertos, aeropuertos, infraestructuras. Vicente Borges escribió artículos magistrales, llenos de lirismo también, algunos de ellos dedicados al circo y a sus personajes. Luis Ramos era un excelente reportero de calle. Salcedo fue un innovador, metió la modernidad en la prensa de Tenerife. Almadi -Álvaro Martín Díaz- bordaba sus columnas y era un gran orador. Siempre me pareció una persona de fiar. Manuel Perdomo era un ratón de archivo; nunca supe dónde fue a parar su rico patrimonio histórico. Pérez y Borges era un oficinista del periodismo. Alfonso García-Ramos, uno de mis maestros, era un genio de la escritura, un hombre con mucha fantasía y un pésimo conductor. Su prosa nada tiene que envidiar a la de García-Márquez y no lo digo sólo yo, sino que lo afirmó con rotundidad el académico y catedrático Gregorio Salvador Caja. Paco Pimentel escribía como los ángeles y se bañaba más bien poco. Decía que la grasita que criaba el cuerpo era buena para su protección. Su única obra, Santa Cruz la nuit, fue una crónica modélica de la vida de una ciudad. Era guardia municipal y, en una época de absentismo laboral, lo pasaron de oficinas a dirigir el tráfico en el mercado. El caos de circulación duró tres o cuatro días y sólo estuvo un par de horas subido a la tarima. No sé si me olvido de alguno, pero de todos ellos aprendí. Yo añoro La Tarde, aunque ahora sus cantores me citan poco. Es normal. Ignorarme les motiva; y citarme sería reconocerme.

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