tribuna

Puerto de la Cruz: Chaves y las cabras

Por Manuel J. Lorenzo Perera.| Nos producen mucha pena aquellas personas que aprovechan la más mínima oportunidad para hacer discursos fáciles y oportunistas. Lo dicho guarda relación con el artículo titulado Pobres cabras que, el domingo 26 de junio, publicó Andrés Chaves en DIARIO DE AVISOS. Él debe dar ejemplo y comenzar aplicándose lo que aconseja a otros al final de su escrito: “Inventen menos y lean más”.

Entre sus argumentos, hace alusión a soluciones irrealizables, como, por ejemplo, que las cabras deben tirar para el monte y no ir al mar. Los cabreros -y lo que vamos a añadir lo afirman autores como Juan Bethencourt Alfonso y Luis Diego Cuscoy- son los descendientes más directos de los viejos guanches. Primero les arrebataron las tierras bajas de los valles, luego los territorios monteros y cumbreros y, más recientemente, las Cañadas del Teide. Siempre sin ningún tipo de alternativa. Ya no tienen monte donde poder ir a pastar.

También, Chaves narra relatos que no son ciertos, es decir, miente. Chucho Dorta no fue el inventor, como afirma él, del baño de las cabras en el mar, práctica vigente, hasta nuestros días, en diferentes enclaves costeros del norte de Tenerife. Se trata de una manifestación inmemorial, vigente en el bañadero tradicional del muelle portuense hasta la década de los sesenta del pasado siglo, hecho vinculado a “los avances” del boom turístico, causantes, igualmente, de la represión contra otras manifestaciones, también de origen milenario, como es el caso del Mataculebra o Matar la culebra. En 1984 algunos pastores se atrevieron y volvieron a bañar sus cabras en el viejo muelle. En 1985, dos de ellos optaron por efectuarlo en la Playa de El Charcón; tras el aviso de algunas turistas extranjeras, agentes de la Policía Local intentaron expulsarlos de la playa, no llevándolo a cabo tras las explicaciones de algunas personas allí presentes, quienes expusieron que todo ello obedecía a una vieja y honorable tradición. Al año siguiente, 1986, el Colectivo Cultural Valle de Taoro se ocupó de organizar, con la colaboración y el apoyo de los cabreros, el baño de las cabras. Lo realizó varios años (véase la cartelería y los artículos de prensa existentes) hasta que, por diversas razones, hubo que dejarlo, pasando a desempeñarlo Chucho Dorta, que no inventó nada, sino que mantuvo latente la vieja tradición, hasta su fallecimiento ocurrido en 1992. A partir de entonces, hasta hoy, tal cometido, contando con la colaboración de diversos colectivos culturales y personas muy comprometidas, lo ha coordinado Amílcar Fariña.

Bajo nuestro criterio, bañar a las cabras -solo un día del año, el de San Juan- no es una crueldad como señala el señor Chaves. Las bañan y el recinto, de inmediato, se limpia y ordena por mediación del personal de limpieza municipal. El baño de las cabras en el mar -por otro lado, y es lo más importante- obedece a razones de subsistencia, de continuidad vital, ley tan constante en todas las comunidades ganaderas del planeta.

Del pastoreo viven numerosas familias en Canarias. Sus ejecutores -perseguidos en cada una de las islas del archipiélago- son los continuadores de la cultura más antigua del archipiélago, la pastoril, portadora de cuantiosos elementos culturales que se remontan al tiempo de los viejos guanches.

En el Puerto de la Cruz, como en tantos lugares de Canarias, las viejas tradiciones han sido desatendidas y hasta perseguidas por los señoritos. Si hubiera necesidad, no tendría inconveniente en recordar algunos ejemplos sumamente tristes, lamentables y aclaratorios. Las viejas tradiciones -tan despreciadas- engrandecen, dan prestancia a la cultura de los pueblos. Las personas mayores a las que tuvimos el honor y la suerte de entrevistar sobre el tema que nos ocupa, contestando siempre con gran énfasis y añoranza, nunca relataron que alguna cabra falleciera por bañarla en el mar. Y, es más, los niños de La Ranilla, emulando a los cabreros, llevaban sus perros a bañarlos en el mar durante la mañana del día de San Juan. El viejo muelle pesquero fue, de otro lado, lugar de encuentro entre la gente de la mar y los cabreros, varios de los cuales, “los Abejones”, son naturales del Puerto de la Cruz.

Señor Chaves, frente a sus incongruentes y alejadas opiniones -social y físicamente hablando- descuellan las de los cientos y cientos de turistas que contemplan entusiasmados y asombrados el baño de las cabras, llegando a la siguiente conclusión: este es un pueblo, el Puerto de la Cruz, que ama y defiende su legado cultural.

*Doctor en Historia y Premio Canarias 2022 de Cultura Popular

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