tribuna

Yo sí te creo

Yo sí creo en el cambio climático. Ha existido siempre. Me basta con tener unos pequeños conocimientos de astronomía para saber cómo funcionan estas cosas. Otro asunto es reconocer que el mundo se divide en grupos de destructores, malos malísimos, y generosos activistas del bien que intentan protegernos de los malvados. Al final dejamos de creer en las cosas cuando descubrimos la intencionalidad ideológica que inevitablemente siempre se mete por el medio.

No hay declaración política ni editorial de los órganos de propaganda que no relacionen al clima asesino con la crisis que estamos viviendo. El relato trata de construir a un señor con un puro que encarna a toda la ruindad, que hace arder nuestros montes y que nos asfixia justo en el momento en que no tenemos dinero para poner el aire acondicionado. La tormenta perfecta. Pero, como todas las tormentas, es estacional.

Esto nos hace preguntarnos qué pasará cuando vengan el frío y las lluvias y el lago Ness haga dormir de nuevo al monstruo de todos los veranos. Dentro de dos meses, cuando esto ocurra, ¿seguirá siendo válido el argumento del clima mata, o tendremos que inventarnos otro? Entonces nos asesinarán las heladas sin gas para calentarnos y habrá que invocar a otros santos para que nos saquen de la desgracia.

Alguien me dirá que todo se repetirá en el hemisferio sur, pero nosotros no vivimos allí y no es lo mismo ver un incendio en el Amazonas que sentirlo al lado de casa. El calor es el argumento elegido para agitar el ambiente, pero eso es flor de un día y tendrán que cambiarlo por otro porque es más difícil creer en lo que no se ve, a pesar de que las adhesiones más arraigadas son las que se forman en torno a cuestiones abstractas.

Repito que yo sí creo en el cambio climático, igual que creo en todos los cambios que la evolución plantea en nuestras vidas, ese permanente reto de adaptación que lucha contra las condiciones adversas para hacerse posible. Desde que el mundo existe las cosas son así. Como decía ayer Eudald Carbonell, desde su conocimiento como arqueólogo, “la selección humana tiende a favorecer el crecimiento de la imbecilidad, mientras la selección natural hace lo posible por eliminarlo”.

No está mal contemplar a un mundo asfixiado por la tontería humana defendiéndose de otro que coloca como meta a las barreras, inaccesibles para muchos, de la tecnología. Esta realidad sí que nos angustia, sobre todo a la gran masa de tontos que seremos engullidos por el Gran Hermano para salvarnos de la quema. No para mejorar, solo para salvarnos. Cada día que pasa me veo más cerca del mundo de Orwell, pero no porque me invada una posición pesimista, sino porque identifico sus técnicas de control con una guerra que se está librando a las puertas de mi casa. Ojalá Murakami tenga razón y su 1984 se reduzca a un mundo con dos lunas en el que te juegas la vida atravesando una autopista. Siempre recurriendo a las novelas.

A veces me veo inmerso en los salones parisinos de Proust, o abandonado en medio de un monte arrasado por un incendio, donde la vida ya no sea posible, como describe Cormac McCarthy, o quizá subiendo el río de El corazón de las tinieblas, de Conrad, como una premonición de Apocalipsis now, o encarnando al capitán Acab en su lucha denodada con la ballena blanca, en la maravillosa obra de Melville.

Llevo un tiempo metido en casa y vivo todas las vidas que extraigo de mi biblioteca. Muchas son tópicos para compartir y otras, las menos, son auténticos descubrimientos, como la escuela de tenis de David Foster Wallace. Últimamente me desespero comprobando cómo toda esta diversidad de realidad deformada la encuentro en los editoriales de la prensa que leo cada mañana, los morgenblätter acompañados de un vals de Johann Strauss. No siempre suenan afinados y casi siempre me acaban decepcionando. Pero qué le vamos a hacer, la vida es así, y yo, a pesar de tener en mi memoria el mismo calor desde que era un niño, creo en el cambio climático, como no puede ser de otra manera. ¿De acuerdo?

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