superconfidencial

Mini

Mi yorqui Mini ya no me hace caso. Sus once años le dan autoridad para subirse a mi chepa y no atender ni a llamadas ni a admoniciones. Literalmente, hace lo que le da la real gana. Si multiplicamos por siete sus once años sale a 77 años su equivalencia en una persona, o sea que solo me lleva dos. Juntos formamos un particular asilo. Nos hemos soportado durante esos años, pero ya Mini no puede más y no tiene mayores ganas de que siempre se haga lo que yo digo. Y lo entiendo; ni puto caso. La llamo y no viene, se niega a seguir mi paso atropellado en la calle. Come bien, eso sí, que el apetito no lo ha perdido; mea en las farmacias y también le encanta pasear en coche. No es que me haya perdido el afecto, sino la obediencia, como una monja exclaustrada con su abadesa. Con los calores, su independencia conquistada se ha hecho costumbre. Duerme en lugares inaccesibles para mí, porque me cuesta mucho doblar el espinazo y meterme debajo de la cama y porque no soy el mismo después de una de mis espectaculares y absurdas caídas, en las que, por cierto, Mini siempre está cerca, aunque sin responsabilidades civiles ni penales. A prudencial distancia. Uno empieza a perder autoridad y eso puede comenzar a deteriorar la convivencia, aunque no permito, ni siquiera a mí mismo, hacer el más mínimo reproche directo a esta compañera de tantos años, que no ladra para no molestarme, faltando a sus elementales tareas de centinela. Total, que ni siquiera Mini, mi más fiel aliada de tantos años, me hace caso. La tengo que agarrar a traición para limpiarle los ojos y la premio con una golosina, que se come, pero no me perdona. Los tiempos cambian; y más a mi edad provecta.

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