tribuna

Putin en clave de asiaticidad

Descubrí el concepto de asiaticidad en un artículo leído hace algún tiempo de Antonio Elorza, columnista recién depurado por El País, y creo que esa nueva expresión clarifica en gran medida la política actual de la federación rusa liderada por Vladímir Putin.

La Rusia que surge a partir de la revolución de 1917 ha tenido dirigentes de poderosa personalidad y entre ellos destacan el Lenin fundador del nuevo régimen republicano que entierra el zarismo, y el Stalin que hereda a Lenin y se perpetúa en el poder hasta su propia muerte en 1953, después de desempeñar un papel preponderante en la Segunda Guerra Mundial. Siempre se ha hablado de la aparente apertura a Europa que propició Lenin, autor de una consigna lanzada en 1915: «Los Estados Unidos Republicanos de Europa», una apertura leninista a Europa frente a la cerrazón ideológica de Stalin, quien a partir de la posguerra y la desconfianza con sus aliados occidentales abrió sus relaciones con Mao en China y con Corea del Norte y, en cierto modo dio inicio a esa asiaticidad de Rusia de la que empezamos hablando.

Ahora es el desquiciado y estrafalario filósofo Alexander Dugin quien da sostén a esa aspiración de la federación rusa de convertirse en una potencia euroasiática, un nuevo imperio, que preserve valores tan contradictorios como el cristianismo ortodoxo, el esoterismo, el comunismo, el fascismo y venere nombres tan exóticos como Mussolini, Hitler, Maiakovski, Wagner, Jung, Mishima, Che Guevara o Lao-Tsé, todas esas ideas erráticas las compartió Dugin con un viejo amigo, Eduard Limónov, fallecido en Moscú en 2020, y héroe o antihéroe, según se mire, de una novela magistral del francés Emmanuel Carrère, multipremiada y muy vendida en múltiples lenguas.

En esa novela de Carrère (Limónov, París, 2011) descubrimos en muchas de sus páginas los orígenes de quien hoy presume de dirigir ideológicamente la política agresiva de Putin y sus seguidores más fieles: Alexander Dugin.

En 1993, Dugin y Limónov fundan el Partido Nacional Bolchevique con el fardo de los valores y los símbolos caóticos antes enumerados y un lema pendenciero: «¡Sí muerte!». Un partido ilegalizado con posterioridad en dos ocasiones que en 2010 desemboca en otra organización política menos histérica, La Otra Rusia. Mientras tanto, Limónov fue encarcelado en 2001 durante dos años por intento de golpe de estado y cuando recobra su libertad sigue con su activismo político enfrentándose a los gobiernos de Putin y de su avatar, Dimitri Medvédev.

Si uno lee esas páginas de la novela de Carrère donde es retratado el actual filósofo de moda Alexander Dugin, siente uno una gran angustia por saber de primera mano en qué manos y en qué mente se ha puesto Putin, ese Putin, ex KGB y extaxista ocasional en su Leningrado natal, que la escritora rusa Liudmilia Ulítskaya, considera un mal sueño, el propietario imparable de «una potencia nuclear demente», según la narradora hoy exiliada en Berlín.

Para Carrère, Dugin es un ogro grande que camina como un bailarín, habla quince lenguas, lo ha leído todo, bebe a palo seco, es «una montaña de ciencia y encanto», era quince años más joven que Limónov, que no tardó un instante en reconocerse su discípulo. Dos intelectuales inclasificables, desmesurados y estrafalarios, para quienes Putin «era poco», «muy poco agresivo», para quienes restablecer la URSS era una prioridad urgente, la necesidad de construir un neoimperio con los cimientos ideológicos más controvertidos, bolcheviques, fascistas, nazis, todo bien revuelto para negar todas las interpretaciones habidas y por haber en el lado occidental, en el atlantismo, del que salvan al Nietzsche del «impulso vital», el nuevo espíritu, el resurgimiento de una Rusia aglutinadora por la fuerza de todas las repúblicas que la convirtieron en la Unión de Repúblicas Soviéticas a partir de 1922, una nueva Rusia abierta a esa asiaticidad que la fortalece ante el gran antagonista, los Estados Unidos y sus aliados europeos, una civilización forjada sobre el raciocinio y la democracia que hay que extinguir en nombre del nuevo orden impuesto desde Moscú.

El atentado sufrido el pasado sábado por la hija de Dugin no hará sino incendiar más el conflicto ruso-ucraniano. A los crímenes de guerra, se une ahora el terrorismo sin autoría, cuatrocientos gramos de dinamita debajo del Toyota Land Cruiser conducido por Daria Dugina en la periferia de la capital rusa pueden desencadenar miles de muertes entre los dos estados que se entreculpabilizan de este nuevo y negro capítulo de una historia que tiene al mundo en vilo.

Aunque en sus últimas entrevistas, Dugin, que sigue dirigiendo el Movimiento Euroasiático Internacional, ha suavizado, con la inteligencia que se le supone, algunas de sus posiciones ultraimperialistas, declarándose partidario de defender todas las civilizaciones, a todos los pueblos, pequeños o grandes, para que puedan conservar su propia identidad, cuando uno lee, a través de Emmanuel Carrère, sus comienzos políticos compartidos con Limónov, no deja de acometernos una gran inquietud. Esas ideas de Dugin y el fallecido Limónov tienen hoy detrás 6.255 cabezas nucleares.

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