el charco hondo

El don de la inoportunidad

El don no suele dejarse explicar con facilidad cuando se aborda desde la racionalidad; normalmente se resiste, y revuelve, si olfatea argumentos de ese corte. Asome en el terreno de las emociones o en los jardines de lo mental y de lo físico, radiografiar o definir los dones retrata materia sensible; qué decir si, ya en el ámbito religioso, nos adentramos en los dones del espíritu, fortaleza, sabiduría, piedad, consejo o, subiendo el listón, en la inteligencia. Asociados (de oficio, o por defecto) al catálogo de las virtudes posibles, no está de más detenerse en aquellos dones que, como ocurre con el de la inoportunidad, tienen un buen lejos, aparentan habilidad cuando lo cierto es que siembran problemas, provocando situaciones o escenarios indeseables, generando quebraderos de cabeza políticamente prescindibles y evitables, metiendo a los gobiernos en jardines que, como ha pasado en Canarias con el anteproyecto de la Presidencia, bien pudieron ahorrarse. El don de la inoportunidad no es una cualidad al alcance de cualquiera. Hay que trabajarlo. Exige, entre otras torpezas, la capacidad de tropezar por millonésima vez en idéntica piedra quitándole hierro al hierro, importancia a lo que sí la tiene, y dejarse desgastar ante la opinión pública con una iniciativa que lleva en su estómago la nitroglicerina de ponerle un sueldo de por vida a quienes han sido presidentes de la comunidad autónoma. Aprobar en el Consejo de Gobierno y remitir al Parlamento un anteproyecto que propone dar carácter vitalicio a la condición de presidente, dejar la tierra convenientemente abonada a la posibilidad de aderezarlo con un sueldo por los siglos de los siglos, hacerlo precisamente en agosto y abrir ese melón con las elecciones a las puertas y la calle arrasada por las estrecheces y otros polvorines económicos y laborales —y a peor— describe una infantil exhibición del don de la inoportunidad. Qué necesidad. A quién se le ocurre abrazarse a la planta carnívora de la incomprensión ciudadana, del cabreo, del más de lo mismo. Poco importan las razones o sinrazones de fondo, qué o cómo, lo sustancial del error que describe el don de la inoportunidad se sitúa en cuándo. Se equivocan aquellos que están dado la cara con esta iniciativa, básicamente porque quienes los jalearon en la intimidad van a dejarlos solos, ya lo hacen, tirados en mitad de la calle. No aprenden. Hay jarrones que no deben cambiarse de sitio en el último año de la legislatura; qué añadir cuando, como es el caso, coincide con una coyuntura económica bien jodida. A la vista está que, aunque tienen buena prensa, a veces tener un don (el de la inoportunidad, entre otros) es la peor de las maldiciones.

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