tribuna

Volver a los tiempos del estilita

De los lunes al sol a los lunes sin carne. Esta es una de las últimas propuestas del ministro de consumo, Alberto Garzón, para salvar al planeta. Al menos el ganado tendrá una tregua con la muerte un día a la semana. El buenismo hará que todos dentro de unos años seamos veganos. Volvemos a los viejos tiempos del judaísmo en los que estaba prohibido matar animales. Recuerden el pasaje de los Hechos de los Apóstoles, cuando san Pedro tiene un sueño en el que se le presentan una serie de ellos dentro de un enorme mantel y un ángel le dice: “Sacrifica y mata”. Después hace el milagro de resucitar a Tabitá.

De estas tradiciones antiguas siempre quedan vestigios, como el ramadán de los musulmanes y el ayuno y abstinencia de los cristianos durante la cuaresma. Hay un tiempo de salud para purificar nuestros cuerpos de los venenos externos. He leído en alguna parte que en los años de la Alemania nazi también se llevaban a cabo este tipo de racionamientos. En fin, que no hay que escandalizarse por ello. El vegetarianismo estaba recomendado por la práctica teosófica y los alumnos de la escuela Bauhaus seguían dietas de este tipo, todo con el fin de afinar el pensamiento racionalista. Existe una atención por el cuidado del espíritu en estas actitudes. La sublimación de lo espiritual es el camino a seguir para afinarnos en la perfección.

El hombre tiene que desprenderse de las impurezas si quiere transmutarse en oro, como proponían los alquimistas. Quizá se esté alumbrando un mundo de estilitas y de contempladores de lo sobrenatural por medio de la meditación, que siempre exige no estar contaminado por una alimentación pecaminosa, y la que proviene de la eliminación de animales lo es. Estamos entrando en la época oscura donde los humanos intentan descubrir la claridad de lo que se les muestra oculto. Yo lo practico con frecuencia y no me va nada mal para encontrarme conmigo mismo. Me gusta fundirme con la naturaleza porque en ella está la naturaleza de Dios, y sigo las recomendaciones de Spinoza para descubrir las bondades de esa fusión. Pero el tiempo en el que vivo no me permite ejercitarme en tales refinamientos, y me distraigo con la economía, con las nuevas tecnologías y demás zarandajas que complican mi existencia.

Qué más quisiera yo que fundirme con el polvo de la divinidad, descubrir la grandeza en el respeto por cualquiera de las obras de la Creación, pero me apabullan las urgencias, me distrae el teléfono insistiendo en que me cambie de operador, me enervan las docuseries, me inquietan los tertulianos, y me llenan de zozobra tantas opciones ideológicas que ya no sé por cual definirme para estar en el lugar correcto. He llegado a la conclusión de que el espiritualismo no tiene cabida en el mundo que me ha tocado vivir, y, sin embargo, cuánto me gustaría estar un rato subido en una columna de dieciséis metros, como Simeón, en una avenida de Alepo. Entre estas nostalgias voy viviendo a la espera de que un día se me ilumine el panorama y sea capaz de mirar a la muerte frente a frente, como si fuera el portal que se me ofrece para escapar de tanta vulgaridad. A veces estas cosas se nos presentan de manera dosificada, como todo lo que se recomienda para que no haga daño. Poco a poco y sin pasarse, que es como se consigue todo en este mundo.

Quizá estos lunes sin carne son la oportunidad de apertura a una mejora en las costumbres. Volveremos a recuperar el tiempo en el que pretendíamos separarnos de nuestra condición corporal para entregarnos al cultivo del espíritu. Tal vez de ahí salga el ubermensch de Friedrich Nietzsche. Nos encontraremos dentro de nosotros mismos y no nos hará falta emigrar a otros planetas para seguir existiendo. Hay que mirar la parte buena de las propuestas de Garzón.

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