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Un chato en el coche

Me he comprado en la farmacia una botella de hospital, a la vista del estado de una próstata de 75 años y de una cola de dos horas, cada vez que abandono el nido para ir a Santa Cruz. No puedo correr el riesgo de mearme en el coche, como me ocurrió durante un discurso breve de Pepe Segura, accidente que cuento en mis memorias. En aquella ocasión fue en el Castillo Negro, habilitado como sede de una comida oficial, en los tiempos remotos en que Segura era presidente del Cabildo y hacía unos discursos interminables. Ahora la tortura ya no está en el verbo de Pepe sino en las autopistas, con colas de kilómetros e imposibilidad de bajar del coche a cambiarle el agua al pajarito; y el diminutivo está indicado con toda intención. A esta edad ya no se puede hablar de buitres leonados. Oiga, lo del chato es una bendición, no porque haya tenido oportunidad de usarlo, sino por la tranquilidad que da. Porque no hay nada peor para un émulo de Peter Sellers en El Guateque, inolvidable película, que la de querer aligerar la vejiga y no poder hacerlo. El chato y la botella plástica te dan mucha seguridad y acabarán siendo homologados por la Dirección General de Tráfico, que pretende controlarlo todo, o por un ayuntamiento caritativo de mi ruta. Además, dada la estrechez del gollete del botellín, no se te puede caer el móvil por el orificio, sencillamente porque no cabe (ya se sabe que el celular se precipita en todos los inodoros que se precien). Bueno, pues he solucionado la posible urgencia con unos pocos euros que cuesta la botella, incorporada ya al vehículo como si se tratara de un faro de repuesto. Y ustedes perdonen la posible carga escatológica del relato.

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