después del paréntesis

España

España nos representa en batalla contra los otros países del mundo. Eso encarnó Luis Enrique. Pero desde el principio percibimos algo raro en el sujeto en cuestión. Un ardite: jugó en el equipo más grandes del universo, cambió de bando y no manifestó lo que en ese equipo le dio sino su antimadridismo. El supremo defensor de la entidad Barcelona y del modelo futbolístico Barcelona. Lo dijo un periodista aficionado al Barça: por fin la selección española juega a lo que juega mi equipo. Y así se manifiesta: el tercer lateral izquierdo de ese club, titular en el suyo; el medio centro cuestionado allí, igual; el extremo derecho suplente, en la estima; el central que nadie atina a saber por qué, está; el delantero que arrastra problemas físicos y… es incondicional, y los dos medios centros, uno de vida irregular, son incuestionables. Ello ocurre porque se manifiesta como el supremo, el “macho alfa” elegido. Así cuatro centrales y Rodri actúa ahí; dos laterales derechos y juega con un delantero; el 72% de posesión y dos tiros a puerta… Mas es en la relación personal donde descubrimos. Ocurrió con las preguntas que no le interesaban y con la humillación a algunos periodistas; también con una de las cuestiones que impuso: no conceder entrevista particular alguna. ¿Imaginan los ciudadanos españoles que nos topemos con un presidente de gobierno así, que por creerse el más sublime desprecie a los medios de información? Imposible. Dio con la talla: España soy yo. Ni informadores de la federación ni futbolistas ni… se avienen a lo contrario. De ahí esa broma absurda y ridícula, broma en provecho, del streaming. Y eso consiguió cuando, por ejemplo, se peleó con su amigo Robert Moreno por pretender este ser eso para lo que lo contrataron y no un fantoche del susodicho. Eso logró: un equipo sumiso en el que ni un solo jugador es relevante en el suyo. No está el mejor jugador español (Iago Aspas), tampoco un de los mejores centrocampistas (Canales), uno de los más eficientes de la selección (Isco) y solo un delantero que siempre fue suplente y metió tres goles. En la astucia concéntrica el ideal: un fútbol periclitado, un juego lento, horizontal y sin profundidad porque la profundidad no se entrena, igual que los penaltis. Esa fue la astucia del egocéntrico y ridículo personaje que se creyó en la altura. Lo dijo el gran Cruyff: tener el balón por el valor del balón: es más rápido que los jugadores. ¿Para qué? Para lo que el fútbol es: más goles que el contrario. Un delirio que fue y que ha de enseñar gravemente a quien lo sustituya. ¡Por fin!

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