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El paseo del amor

Cada tarde suelo sentarme en una cafetería del Paseo de San Telmo; viendo cómo se oculta el Sol, allá por Guayonge, aunque dicen los entendidos que eso de que el Sol sale por el Este y se oculta por el Oeste ocurre sólo dos veces al año, debido a ejes y rotaciones de la Tierra para mí desconocidos. El paseo portuense de San Telmo conforma una especie de alameda de los enamorados. Parejas de todas las edades transitan hacia alguna parte, cogidos de las manos, con la ocasional y ruidosa compañía de grupos juveniles alegres y despreocupados. Nunca fui costalero de San Telmo, el santo liviano que presumen haber cargado en sus procesiones tantos portuenses de mi generación, pero sí me enamoré en la trasera oscura de su ermita hasta que un pudoroso edil ordenó colocar allí una bombilla, que naturalmente fundíamos a pedradas. El Puerto ha cambiado poco, porque a los lugares bellos siempre les queda un poso de su pasado, algo que los hace eternos, como por ejemplo los olores. Nadie ha conseguido que esta vieja aldea huela a crema solar, a pesar de que en ocasiones el mar de su costa luzca un manto de grasa al que combaten con ferocidad las mareas. En la cafetería me como un cruasán o una salchicha de un cuarto de metro, da igual. Yo compraba mis trompos de madera en la venta de Carlitos Pisahuevos, frente a la plaza del Charco. El viejo Carlitos despachaba con boina. Los gamberros me aventaban los trompos a los tejados, si me olvidaba de grabar la cruz en el chirimbolo. El paseo de San Telmo sigue siendo el mismo, sólo que con valla metálica y más ancho y cómodo para los viandantes. Alguien sensato derribó el viejo muro contra el que meaba todo el mundo.

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