Me sobrevinieron la placidez y la sensación de justicia cuando me enteré de que le habían concedido el premio Canarias de Comunicación a Pepe Alemán. Porque había otros candidatos que agüita. Yo pensé que ya lo tenía, que ya era premio Canarias, pero no. Es nuevo. Pepe Alemán merece ese premio porque es un periodista de verdad, porque su trayectoria lo avala y porque tiene la edad suficiente para aspirar a una recompensa, casi siempre concedida a los viejos. Ya saben que más sabe el diablo por viejo que por diablo. He dicho casi, porque hubo una excepción con la que estoy muy de acuerdo, la de Carmelo y Martín Rivero, que siempre fueron periodistas de los pies a la cabeza y Carmelo lo sigue siendo, porque lamentablemente Martín nos dejó el otro día. Ellos fueron los premios Canarias de Comunicación más jóvenes; y en mi artículo necrológico sobre Martín, dije que tristemente alguna vez no fui justo con ellos. Así que ahora aplaudo al jurado, tan neutro, tan neutro, tan plural, tan plural, que, tras intenso debate, porque había votos y votos, resolvió conceder el Premio Canarias de la Comunicación a un gran periodista, con mucha justicia. Yo admiro en las personas el sentido del humor, que es una cualidad poco común. Y mucho más lo admiro en los que conformamos esta profesión de robaperas, mendigos, salteadores de caminos y buena gente. Pepe Alemán, socarrón, excelente pluma, el vacilón justo con el pleito, hombre que no pretendió nunca sentar cátedra, gran columnista, ha pasado al estrellato con todo merecimiento. Otros premios concedidos han sido rancios, este no. Me alegro por él, por el periodismo de las islas, por la justicia en la que no creo -ni en la divina ni en la humana- y lo celebraré con un whisky. Como él.
