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tribuna

Agatha Christie: fantasmas en los pasillos del Parlamento

Que este ha sido un cuatrienio con nubarrones negros, por el cúmulo incesante de desgracias en el mundo mundial (insular y continental) nadie lo discute. Lo negro ha creado tendencia. Y del mismo modo que hace más de cien años hubo una belle époque, hoy lo negro vive su época dorada. Hasta la novela negra, de Leonardo Padura a Alexis Ravelo.

La vasta enciclopedia de hechos infaustos se nutre como nunca de este caldo de cultivo. Por eso hay una guerra que amenaza lo peor y el chino se remanga, no le queda otra. Por eso imputan a Trump, un caso sin precedentes en la democracia del Tío Sam. En fin, esta es la marca de agua del momento que nos toca vivir de un tiempo a esta parte. Negro sobre blanco.

Vamos a seguirle la corriente a la ola negra, en estos funerales de marzo térmicamente muerto, y, a propósito del final de la legislatura, cuando el Parlamento cierra sus puertas (y los escaños aguardan las posaderas que provea el 28M), indaguemos en los fantasmas de ese inmueble de la calle Teobaldo Power con la impronta de Poe, unas dosis de Lovecraft o la curiosa mirada de Agatha Christie, que un día pasó por aquí. ¿Tienen sandalias negras ciertas huellas en los pasillos del Parlamento? Había una crónica negra por escribir. Sea a la memoria del admirado autor de La estrategia del pequinés.

Las zancadas de Olarte por los pasillos del Parlamento tenían una razón de peso: habían asesinado de 22 puñaladas a su jefe de Gabinete, Fabián García Dobón, en Monte Untiscal, en Las Palmas de Gran Canaria, y el sospechoso, un exlegionario alojado en su casa, se había dado a la fuga.

Ya los tapices de la sala de plenos, de Manuel González Méndez, fueron desde el principio indiciarios de un recinto de dobleces y propensiones inconfesables. El óleo con las niñas guanches, La entrega de las princesas, en obsequio al conquistador ha sido objeto de repudio, pero esa indígena memoria histórica no ha calado todavía, y en 40 años nadie ha sido capaz de enmendar la ignominia que preside el hemiciclo donde se debaten las leyes que rigen los derechos de los ciudadanos contra toda infamia.

El silencio del teatro de la autonomía se hizo una mañana de cuchillos largos cuando entraron en escena dos diputados que se habían dado a la fuga. Era el silencio de los corderos. Los diputados majoreros de las AIC Honorio García Bravo y Antonio Cabrera venían -se dijo- a regañadientes a votar la censura de Hermoso a Saavedra. Eran dos votos imprescindibles, sin los cuales la moción fracasaría. Alguien mencionó al legionario, un eficiente conseguidor del partido, cuya leyenda negra daría para una saga. Se hacían fábulas sobre sus tentáculos, alguien mencionó los supuestos servicios de la seguridad privada de una poderosa ONG, que dio alcance a los diputados rebeldes, ocultos en un hotel de Madrid, y que los intimidó lo justo hasta hacerlos volar a Tenerife para acudir obedientes a votar. Honorio entró con gafas oscuras en el Parlamento, le pregunté, y me dijo que había ido a visitar a un oculista. “Sí”, casi gritó a voz en cuello Antonio Castro Cordobez, y las reticencias sobre los votos palmeros se esfumaron. El resto fue previsible, ya garantizada la anuencia de los dos diputados que se habían retractado a tiempo cuando todos miraban el reloj. Hace 30 años, en aquella sesión que alumbró al primer presidente nacionalista de Canarias, el Parlamento no defraudó. Era una caja de sorpresas, entre histriónicas, esperpénticas y trágicas. De Pedro Guerra a Gustavo Matos, los presidentes del cónclave canariense callan más que cuentan.

Saavedra, el Miterrand canario, como me decía un periodista francés que vino a entrevistarlo a la isla, sorteó todos los obstáculos de un franquismo cainita, viajó a Suresnes con José Arozena, ocultó en su casa una fotocopiadora para sacar panfletos y terminó entrando bajo palio en el Parlamento como el primer presidente de un gobierno autonómico. Era el padre de la autonomía. Cuando frisaba los 80 y seguía ostentando cargos con lucidez como un eterno Andreotti pero de la izquierda, me contó que recibía cartas amenazantes de un presidiario: “Tengo un perseguidor, que está en la cárcel, y mi temor es que un día salga y me pegue un tiro”.

Hay una evidente longevidad en los presidentes que ha parido este Parlamento en cuatro décadas de gestación (no subrogada). Los más veteranos suelen ser octogenarios con una salud envidiable, salvedad hecha del recordado Adán Martín, de muerte prematura, que brilló por muchas cosas y, sobre todo por una: gobernó imperturbable enfermo de cáncer, en su investidura dedicó un célebre discurso a la felicidad y en su foto más emblemática está tumbado en la cama de piedra de Anchieta en la Playa de los Sueños de Sao Paulo.

Hubo periodos en que la sangre salpicaba al Parlamento, quizá por ser un nido de poder; no eran solo manchas de aceite de esporádicos casos de corrupción como ahora en el Congreso (caso Mediador) o en el Parlamento Europeo (Qatargate), sino casos con resultado de muerte real. En los primeros años 80, un vicepresidente de la cámara se vio envuelto en una extraña denuncia de un matrimonio alemán orquestada por un personaje siniestro, Jean-Paul Raguet, infiltrado en el negocio turístico del Puerto de la Cruz tras recalar en la isla al término de la guerra argelina. Aquel híbrido de espía y mafioso acabó siendo asesinado por unos sicarios con tan solo 44 años, cuando cayó en desgracia y mendigaba a sus antiguos empresarios tutelares tras sufrir varios desengaños amorosos y dedicarse a amenazar con cantar lo que sabía sobre un trafico de diamantes y los Gal. Nunca más se supo de quiénes ordenaron la ejecución en la isla de aquel sujeto escurridizo hijo de un coronel de De Gaulle.

Había rachas de historias sórdidas como la de la Comuna del Cabrito en San Sebastián de La Gomera, que tanta curiosidad impúdica despertó en el estamento político y fue objeto de corrillos en los pasillos parlamentarios. El bucólico falansterio del vergel colombino vendía una imagen autogestionaria de vida alternativa en el medio natural, que gozó de esplendor en el 87 hasta saltar por los aires en el 91 con la condena de su líder, el pintor del accionismo austriaco Otto Mühl, a siete años de cárcel por violación de menores en aquel siniestro retiro insular, donde creó un atelier inspirado en Van Gogh, su ídolo.

Estas y otras máscaras de un pasado profundo llevan puestas algunas sombras que transitan a oscuras por los pasillos del Parlamento ahora clausurado, cuando afuera una nube de calima cubre la ciudad.

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