7.14

El viernes por la mañana me desperté a las 7.14, gracias a un vocinglero que berreaba bajo mi ventana y me partió el sueño sin gracia que estaba viviendo. Se lo agradecí, porque llevaba cinco horas durmiendo de un tirón y esto en mí es inusual. Me tomé una pastilla de melatonina, a ver si pegaba otra vez la hebra de la inconciencia, pero no resultó y ya me pasé toda la mañana leyendo a González-Ruano, una selección de artículos que ha sacado a la calle una pequeña editorial, lo cual agradezco. Esta semana me toca leer, si una amiga me lo presta, porque lo han descatalogado, Los últimos días de La Prensa, de Jaime Bayly, que yo siempre asocio a los últimos días de La Tarde, que no viví porque ya me había fichado este periódico que tienen en las manos o en las pantallas. Como el despertar fue brusco, anduve torpemente desde la cama al despacho y me machaqué un pinrel contra una mesa; ahora camino cojeando, como si estuviera pidiendo un taxi. No hay paz para los malvados. La temperatura había refrescado y no había otros borrachos dando voces, así que la mañana parecía que iba a ser plácida, al menos hasta que tocara el cartero. Yo no puedo encender la televisión a esas horas, porque me hace daño a la vista, y más si el que sale es Rubiales, que ahora aparece siempre. A las nueve, aprovechando el fresquito, me di una vuelta por San Telmo, donde no habían puesto todavía la calle, y compré un dulce en la única pastelería abierta, que me supo a gloria. Terminaba de amanecer y el ambiente olía a incendio y a yodo de la maresía. Más tarde iré a Agapea a retirar El delator, de Juan-Manuel García Ramos, para otro amigo. Y todo empezó a las 7.14, con el alba.

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