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La Casa de la Troya

Por enésima vez estoy leyendo La Casa de la Troya, la novela estudiantina romántica escrita en 1915 por el periodista gallego Alejandro Pérez Lugín. Me gustan los relatos que acaban bien, que contienen valores y que desprenden sentido del humor. La obra ha sido premiada por la Real Academia y la que tengo en mis manos es la sexagésima quinta edición. La he pedido a una librería de Pontevedra y Correos me la ha traído puntualmente, aunque el cartero no dejó el paquete en casa y tuve que ir a la calle El Pozo a buscarla. Estuve en la Casa de la Troya, sita en una calleja junto a la catedral de Santiago, y veo frecuentemente la película que protagonizó Arturo Fernández sobre la novela de Pérez Lugín, porque Alberto Segura me consiguió el CD que no pude comprar ni siquiera en el pequeño museo de la Casa de la Troya, la pensión regentada por doña Generosa, donde se desarrolla buena parte de la trama. La novela retrata con una fidelidad –yo creo que asombrosa– la vida pícara y solidaria del estudiante de entonces en Santiago de Compostela, la sabiduría de los profesores de la época y el romanticismo de la clase acomodada gallega, que es una delicia. No incurre Lugín en la cursilería y hasta la música popular de la película es hermosa. Me gusta mucho esta edición de la novela, en facsímil del original, muy cuidada y que nos transporta a los tiempos de la primera edición. Galicia, la Galicia urbana y tradicional, me parece una pasada y Santiago contiene todos los atractivos –húmedos, eso sí— de una vida estudiantil muy particular y apetecible para quienes hace mucho tiempo que hemos pasado esos tiempos, aunque no los hayamos olvidado. La Casa de la Troya –novela que recomiendo— supone una delicia de lectura veraniega.

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