Hacía tiempo que no iba a un aeropuerto y el otro día me tuve que desplazar a Los Rodeos para recoger a unos amigos. Y vi algo curioso. Los abrazadores, los que esperan a los que llegan, se apostan en la misma puerta de salida para achuchar a los viajeros, bloqueando por completo a los que regresan sin deudos con los que celebrar la vuelta. Se forma tremendo apelotonamiento de maletas y humanos en el carril de salida, sin que nadie sensato, funcionario, empleado, poli nacional o guardia civil, despeje la zona. Es terrible y además un espectáculo tercermundista, con niños superpuestos, maletas caídas, abrazos y besuqueos varios, algo inaudito. Chiquitos coñazos son los sobones que reciben ansiosos a la parentela viajera, bajo el mismo dintel de la puerta de llegada del aeródromo. El tumulto, el jueves pasado, lo empezó a montar una panda de residentes ucranianos, bielorrusos, georgianos o vaya usted a saber, cargados de prole, que se empeñó (la panda) en que por allí no saliera nadie. Unos viajeros, los más jóvenes, optaron por saltar la valla plateada de contención y otros, los más provectos, por usar la salida de la derecha; pero la de la izquierda era territorio comanche. No existe conciencia de grupo, digo yo, ni coherencia en el comportamiento de las personas. Con el covid, el famoso vuelva usted mañana desapareció, porque ahora se hace todo por internet, lo cual aumenta el caos y la desazón porque yo, por ejemplo, me niego a hacer gestiones por internet, entre otras cosas porque me armo cierto lío. Pero la mala educación de la gente sí que continúa, la insolidaridad y el papanatismo, como el de los guiris que irrumpen a diario en los miles de pasos de peatones que tiene el Puerto de la Cruz (más que Nueva York). O sea, que no es sólo cosa nuestra.
