Hoy es 1 de octubre. Aniversario del referéndum ilegal de independencia de Cataluña. Y Sánchez inicia la travesía de la investidura. En dos meses hemos consumido más política que en veinte años. Entonces, se construía el Auditorio de Calatrava, y la sociedad se dividió entre quienes lo consideraban el mayor desaguisado y más costoso imaginable y quienes, como Adán Martín, lo veían como un símbolo para la ciudad.
Recuerdo que se especulaba mucho sobre la caída de fragmentos del trencadís de la sobrecubierta acabada en punta que desafiaba la gravedad. Y se politizó hasta tal punto el polémico edificio que partidarios y detractores rivalizaban sobre la cuestión como el asunto más trascendental de nuestras vidas.
En la actualidad es un coliseo de una acústica formidable en cuya icónica estampa con el ala de marras se visualiza fácilmente que esto es Santa Cruz. No fue el acabose, ahora se diría que flota en una balsa de aceite. ¿Y si mañana decimos lo mismo de la amnistía tras rasgarnos las vestiduras?
España arde a rabiar a estas horas. No se había visto antes una investidura tan destemplada como esta, imbuida, acaso, por del tufo bélico a orillas de Europa que desprende el Mar Negro. Hemos oído a Aznar invocar una rebelión contra la amnistía y a Ayuso predecir manifestaciones y revueltas. En ese clima, Abascal lanzaba el viernes este obús en el Congreso: “La amnistía es un ataque, una agresión de la que el pueblo español tiene el derecho y el deber de defenderse. Y lo hará. Después no vengan ustedes lloriqueando (sic).”
Ni los del PP se habían desmelenado nunca en la calle como podemitas ni la ultraderecha había tenido tanto poder de sugestión en la democracia que Suárez trajo al mundo envuelta en un papel de Constitución permisiva. Si Feijóo hubiera sido consciente de ello no habría sugerido el delito de deslealtad a la Carta Magna, que tolera el desafecto si es pacífico. Al estoico líder del PP no hacen sino restringirle a bordo, y eso lo tiene quemado: que si no le dejan decir que habría que “buscar un encaje del problema territorial de Cataluña” (la herejía que lanzó en Tenerife); ni reunirse con Junts, aunque fuera para verle el hocico al demonio; ni siquiera saludar en gallego, visto lo visto, lo que le hicieron a Borja Sémper por hablar en euskera. Él, que había comentado hace años, como si le saliera del alma, que “Galicia es una nación sin Estado”.
No podía hacer caso omiso a esas reconvenciones, porque Feijóo no se examinaba de presidente, sino de líder del PP en periodo de prueba. Se jugaba el cargo, el despacho en Génova, el empleo y una posible segunda oportunidad si Sánchez marra y convoca elecciones. Cuando Feijóo tocaba fondo, el mismo día, Junts y ERC promovieron en su Parlament el órdago adicional del referéndum. Nanay de la China, dijeron por escrito el PSOE y el PSC.
Lo que está por suceder en las próximas semanas de este culebrón puede ser blanco, negro o gris marengo. Si todo se viene abajo, podrían coaligarse el PSOE y Sumar para no desperdiciar votos en las urnas. Ya quisiera Feijóo hacer lo mismo con Abascal, como le pide el sanedrín del PP.
Entre tanto, ahí está el réprobo Sánchez, el superviviente hecho a sí mismo al que, al contrario que Feijóo, le entran por un oído y le salen por el otro las filípicas de González y Guerra, que eran dios y San Pedro cuando el que se movía no salía en la foto. Sánchez ha reinventado, en efecto, el PSOE, como Isidoro (González), en Suresnes, se sacó otro partido de la chistera y atrás quedó para siempre el histórico de Rodolfo Llopis. Un canario que asistió a ese refundador congreso en Francia, Jerónimo Saavedra, ofreció una sonada declaración a DIARIO DE AVISOS, días atrás, que descolocó a los popes de su generación: “Si Feijóo fracasa, Sánchez estaría legitimado para hacer una propuesta de amnistía”. En esas estamos ahora.
Son las últimas secuencias de Match Point, la genial película de Woody Allen, donde la pelota puede caer a un lado u otro de la red. El rey hará su segunda ronda de consultas, designará a Sánchez y se abrirá un periodo de intrigas e intermediarios (con Zapatero de nuevo a escena). El referéndum, dice Feijóo en La Toja, es un cebo para aparentar que la amnistía resulta menos gravosa. Puede tener razón. Es la política. Soraya Sáenz de Santamaría, cuando era vicepresidenta, sedujo políticamente, por indicación de Rajoy, a Oriol Junqueras (ERC). Hubo complicidad entre ambos antes y después del referéndum, como si se mezclaran el aceite y el vinagre por conveniencia política. A Carod Rovira (exlíder de ERC), siendo número dos de la Generalitat, le pregunté, ¿para cuándo la independencia? “Cuando podamos vivir como en Suiza”, respondió sin titubeos. Estos días se ha hablado del teatrillo y del Club de la Comedia en el Congreso. Pues eso.
Sánchez, que preside Europa y la Internacional Socialista, contó esta semana en Madrid a los eurodiputados socialdemócratas que la derecha-ultraderecha copa ya un considerable poder territorial en España y amenaza con hacerse con las riendas de Europa. Si no se frena la ola reaccionaria, avisó, “será el comienzo del fin de la UE tal y como la vivimos, la pensamos y la sentimos”. En 2024 habrá elecciones europeas, bajo un tsunami de euroescepticismo. Esa es la causa, según Sánchez, del postulado funambulista de un Gobierno de progreso con inexorables concesiones al procés. Ser el dique de contención de una derecha inédita cuyo flamear contagia a toda Europa como esos incendios de sexta generación.
Hace 30 años, aquel 1993 del concierto de Michael Jackson en Santa Cruz, antes de que se posara la paloma de Calatrava en Cabo-Llanos, Manuel Hermoso asestó una moción de censura a Jerónimo Saavedra en esta ciudad. La historia de los sitios pequeños, de las grandes capitales y hasta de todo un continente depende muchas veces de un mero zigzag.
