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No se acaba nunca octubre

Pasan semanas y semanas y semanas y no se acaba nunca octubre. Es como una pesadilla. Octubre ha dado conmigo en el suelo, me ha metido en el médico y ha conseguido asustarme. Diagnóstico: estenosis de moderada a severa de aorta, control estricto de la tensión, electro con soplo y no sé qué más. ¿Qué debo hacer? Nada, no realizar muchos esfuerzos, caminar y volver al médico dentro de tres meses. Mira, para lo que me queda en el convento, me cago dentro. Volveré al médico y me cuidaré la glucosa y la tensión, pero que esperen sentados quienes quieran operarme de algo. Me niego en rotundo. Todo eso, además de otros muy malos recuerdos que no vienen al caso, lo ha traído octubre, que ha conseguido que yo rompa mi fobia a los médicos dentro de las consultas (porque fuera tengo excelentes amigos galenos). Ahora queda por hacerme el análisis de viejo que me han mandado: marcadores tumorales, sangre en heces, PSA y toda la mierda mediante la cual se analiza el cuerpo humano. Me da que duraré menos que mi abuelo, que murió a los 96, se casó a los 37, tuvo seis hijos, se murió varias veces y vivió como un pachá, cumpliendo sus compromisos e impartiendo lecciones de honestidad. Mi abuelo era un crack. Ustedes perdonen que les haga partícipes de mis dolencias, contradiciendo, o contrariando, la norma británica de que hablar de las enfermedades de uno es de mala educación. Pero yo no soy británico, sino ranillero, o mejor del Puerto, porque el barrio de La Ranilla nunca fue mi fortín. Bueno, pues sigue aquí el puñetero octubre, el peor mes de todo el año. Hasta Cajasiete, por primera vez en mi vida, me ha devuelto un recibo. ¡Lo nunca visto!

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