Estoy viendo una serie brasileña en Netflix, cuya acción se desarrolla en la frontera entre Brasil y Paraguay, naciones que separa el río Paraná, muy cerca de las famosas cataratas de Iguazú. He frecuentado esa frontera, sobre todo cuando el lado paraguayo se llamaba Puerto Stroessner (ahora Ciudad del Este). Aterrizaba, procedente de Buenos Aires, en el aeropuerto de Foz de Iguazú, porque esa frontera es triple, también hay una parte argentina. De hecho, los argentinos dicen que ellos ponen la platea y Brasil el agua, en ese espectáculo que es Iguazú. En uno de aquellos charcos me encontré una vez una urna, pero no hallé al genio: había cenizas de un muerto dentro de ella. Ir a Puerto Stroessner significaba contrabandeo y falsificación: Rolex falsos, prendas de Vuitton falsas, todo era falso. Y también los traficantes cruzan el río con su mercancía mortal, la cocaína, desde Paraguay a Brasil y al revés, dependiendo de lo que demande el mercado. Las fronteras me encantan. Recuerdo cuando para pasar a Portugal por Ayamonte había que hacerlo en barco, metiendo el coche en una barcaza de río para cruzar el Guadiana (más o menos medio kilómetro). La parte portuguesa del recorrido, Vila Real de Santo Antonio, era una ciudad divertida y comercial. Tras la construcción del puente y el acceso directo a Portugal se ha convertido en un pueblo triste, donde ya nadie se para a comprar las toallas que duran toda la vida. También la frontera del norte con Portugal, por Verín (Orense), es interesante. Llegas a Chaves (Portugal), donde están mis orígenes. En el parador de Verín me encontré una vez a mis amigos José Emilio García Gómez y Pilar Vázquez que andaban por allí. Son bonitas las fronteras, porque todo se mueve y la gente respira alegría y vive cierto riesgo.
