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La puntualidad

La puntualidad es una virtud que, por lo general, no coge de cerca a los españoles, posiblemente -con los italianos- la gente más impuntual de Europa, todavía. Los más puntuales son los británicos, que hacen del tiempo oro. Dicen ellos que tú no debes disponer del tiempo de los demás y que has de cumplir el horario a rajatabla. Ahora los trenes son puntuales en España, casi como los británicos y los nórdicos, que llegan y salen al minuto. Mi abuelo, que tuvo una educación inglesa, era una persona muy puntual. El hecho de haber vivido en Londres le confería un gran sentido de lo exacto. Llegaba con anticipación a todas partes, incluso a misa, pero esta vez para charlar al principio y al final de la ceremonia con los parroquianos de su conocimiento. La misa, al menos en el Puerto de los cincuenta, sesenta y hasta los setenta, era como un rito social y yo recuerdo que las familias “bien” tenían reclinatorios propios y un sitio reservado en la Peña de Francia, en los que no osaba arrodillarse nadie que no debiera. A mí me llamaba mucho la atención el respeto que se tenían unos a otros. En los tiempos presentes estas cosas son impensables, porque todo se ha hecho pedazos al mismo tiempo que se ha perdido el respeto a los viejos usos sociales, quizá porque la diferencia social se ha acortado, a la vez que han desaparecido las clases y ya todo es un confianzudeo inaguantable. Puede que lo otro fuera exagerado y reminiscente de un tiempo más injusto. Yo, en esta edad provecta, me he vuelto muy puntual, tanto como mi abuelo. Y llego el primero a todas partes, menos a los almuerzos que organiza Manolito Gutiérrez, a los que acudo tarde, adrede. Para que piense que le voy a dar el tranque.

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