tribuna

Palabras de arte mayor y palabras de arte menor

Por Marcial Morera, académico fundador de la Academia Canaria de la Lengua.

La versión más inmanentista de la Lingüística moderna sostiene que todas las lenguas y todas las palabras del mundo son iguales. Y, si bien es verdad que, desde el punto de vista intrínseco, esta creencia es acertada, desde el punto de vista extrínseco, es más que discutible. En realidad, visto el problema desde esta perspectiva, existen dos tipos de palabras opuestas: palabras estiradas y palabras encogidas. Las primeras son aquellas que unen a todos los hablantes de la lengua en una misma alma idiomática, porque su sentido y su música alcanzan a todos ellos por igual. Son palabras adultas, que han adquirido madurez gracias al aliento de gentes de generaciones, tierras y mentalidades diversas. Es el caso de las voces españolas mano, corazón, bueno, fácil, dar y pensar, por ejemplo, que vienen rodando por el mundo desde tiempos inmemoriales y que laten por igual en el corazón de todos los hispanohablantes, sin excepción alguna. Las segundas iluminan solo sectores más o menos reducidos de la porción de humanidad abarcada por la lengua que las cobija, pero dejan en penumbra a los demás, que, por resultarles extrañas, suelen considerarlas pintorescas, y, a veces, hasta enojosas. Se trata de palabras adolescentes, porque pocas son las bocas que las alientan y pocos los corazones que hacen latir. A este grupo pertenecen voces regionales como guagua, gofio, mojo, tajorase, carajaca y folelé, por ejemplo, exclusivas de los canarios, pero desconocidas para el resto de los hispanohablantes. La diferencia que media entre ambos tipos de palabras es tan radical, que afecta de forma pareja tanto a su capacidad identitaria como a su forma de vivir en el idioma.

Vistas las cosas desde la perspectiva identitaria, las palabras estiradas unen en un mismo pueblo a todos los hablantes de la lengua, oponiéndolos en bloque al resto de los parlantes del mundo. Así, las propias de la lengua española oponen a todos los hispanos en conjunto a anglosajones, árabes, rusos, chinos, indios…, que hablan lenguas distintas de la de ellos. Lo que quiere decir que el conjunto total de los hispanohablantes, constituido por gentes de geográficas y culturas tan distintas como castellanos, andaluces, canarios, cubanos, peruanos o argentinos, pertenecen a la misma patria idiomática, sin distinción alguna; a la patria idiomática de la lengua española.

La inmensidad de la lengua española, y no la limitada geografía de España o de Canarias, es la verdadera patria de los canarios; como la inmensa patria de la lengua española, y no la limitada geografía de Cuba, es la verdadera patria de los cubanos. La patria es la lengua que se habla, decía, con razón, ese importante pensador español del siglo XX que era don Miguel de Unamuno. Por el contrario, las palabras encogidas segregan en grupos distintos a los hablantes de una misma lengua. Así, los canarismos separan a esa porción de gente hispana que son los canarios del resto de los hispanos, sean castellanos, andaluces o americanos; como los andalucismos separan a los andaluces de los castellanos, los canarios y los americanos; y los americanismos, a los hispanoamericanos de los castellanos, los andaluces y los canarios. De ahí la enorme carga identitaria que ostentan las palabras encogidas dentro de su lengua y la profunda simpatía que sienten hacia ellas sus hablantes más conscientes. En definitiva: dentro de una misma lengua, las palabras estiradas unen en tanto que las encogidas separan.

Vistas las cosas desde la perspectiva de la forma de vivir en el idioma, la vocación de las palabras estiradas o adultas es desarrollar todo su potencial semántico y formal, en familias de palabras, en tanto que la vocación de las palabras encogidas o adolescentes (en situación formal y semántica siempre titubeante) es estabilizarse y ganar fama, para granjearse el favor de todos. Es el designio que siguió la palabra isleña canario, que, de encogida que fue en sus orígenes, terminó adquiriendo mayoría de edad al trascender las fronteras de las siete islas y extenderse por el ancho el mundo. Tanta fama ganó con el correr del tiempo este originariamente humilde gentilicio insular cuando se estiró, que hasta la mejor selección de fútbol del mundo, que es la brasileña, la adoptó como mote (“a canarinha”), aunque con arreos formales portugueses. Lo que quiere decir que la diferencia que existe entre palabras estiradas y palabras encogidas no es esencial, sino accidental. En realidad, toda palabra estirada fue en origen palabra encogida, porque, como es natural, las palabras nacen niñas en un lugar determinado, y solo a partir de él se estiran (cuando logran estirarse) al resto del universo. En contra de lo que supone el academicismo más miope, las lenguas naturales se hacen desde las palabras encogidas (es decir, desde abajo), no desde las palabras estiradas (es decir, desde arriba). No hay palabras estiradas sin palabras encogidas. Lo contrario es contra natura.

Y como la luz de las palabras estiradas alcanza a todo el mundo por igual, mientras que la de las encogidas solo ilumina a sectores más o menos pequeños de la humanidad, dejando en penumbra al resto, es lógico que sean aquellas las que tengan prioridad en ese lenguaje con vocación universal que es la lengua escrita, sea literaria o no. De ahí que no constituya ningún disparate afirmar que las palabras estiradas son palabras de arte mayor, en tanto que las encogidas son palabras de arte menor, palabras de la conversación familiar y doméstica. No es que carezcan de capacidad para usarse en la Literatura, como suponen algunos. Pueden usarse, y de hecho se usan en ella, porque significante y significado como las otras tienen, pero hay que usarlas con moderación, porque, si no se hace así, el texto solo es entendido por los de su partido. Una o un par de ellas pueden alegrarlo, pero multitud, no, porque lo harían ininteligible para la universalidad del idioma.

*Académico fundador de la Academia Canaria de la Lengua

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