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Belén

Debo confesar que no sentí nada especial cuando toqué el suelo de la gruta donde, según la tradición y algunos evangelistas, nació Jesucristo. Pero esto no quita que recuerde con alegría mi visita a Belén, que es una ciudad pequeña –los mismos habitantes que el Puerto de la Cruz–, ahora bajo la autoridad palestina, situada en Cisjordania, a unos 10 kilómetros de Jerusalén. Cuando uno visita esos lugares no puede más que recordar la historia que nos enseñaron, aunque después la lógica y el escepticismo tumben a esa historia. Te mojas los pies en el Jordán y tampoco sientes nada; te bañas en el Mar Muerto y sales pringado de sal y de mierda; visitas Belén y sigues sin creerte del todo –o a veces nada— la historia construida por la ideología y el sectarismo. Pero, qué coño, es Navidad y algo de sobrecogedor debe tener la fecha, aunque acabe de precipitarme al abismo del tópico, yo, que desde hace muchos años he sido un utópico. Ya he contado alguna vez que en Belén, en la plaza, compré un belén, hecho con madera del Monte de los Olivos. En la tienda para turistas de los hermanos Zhakarias. Este año, los hermanos Zhakarias no venderán muchos belenes, porque en Belén, con el lío de Gaza, no hay turistas; se han esfumado. Las iglesias cristianas y ortodoxas de la ciudad celebrarán sus misas sin público. Y a los árabes les da más o menos igual, porque las misas no van con ellos. Es triste que esta tierra, que presumiblemente es santa, sea tan poco santa, porque en ella se matan unos a otros. A lo mejor Belén tenía que volver a convertirse en un símbolo de paz, en medio de un mundo tristemente perturbado. Pero me da que esto no lo arregla ni Jesucristo.

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