Los Borbones dice todo el mundo que son unos cachondos. Menos el nuestro reinante, que es más soso que la madre. Su padre, Juan Calos I, fue un gran rey, con un par de defectos, el principal matar a inocentes elefantes que no le hacen daño a nadie, a no ser que les toques a las crías. Porque lo de las queridas yo lo perdono; al fin y al cabo esas tentaciones existen, la carne es débil y la Corina está como un queso. Hay una anécdota que contó el periodista Pedro de Répide (1882-1948) y que reproduce en su libro Los Borbones y sus locuras César Cervera Moreno. En una de sus frecuentes salidas nocturnas en Madrid para visitar a las meretrices, el putañero de Alfonso XII, bisabuelo de don Juan Carlos, era tal la melopea que llevaba encima que no lograba volver a palacio. Iba solo, desorientado y sin escolta y acudió a un sereno que encontró, con su lámpara y su chuzo, para que le señalara el camino. El celador se ofreció a acompañarlo, pero ignorando que se trataba del rey. Cuando llegaron al Arco de la Armería, el monarca se despidió: “Alfonso XII, aquí en palacio me tiene usted”. A lo que el sereno, dispuesto a seguir lo que él creía una coña, le respondió: “Pío IX, en el Vaticano, a su disposición”. Alfonso XIII, abuelo de don Juan Carlos, tenía en palacio una fabulosa colección de películas pornográficas, algunas de las cuales se han vendido en anticuarios de Madrid; este rey también procreó hijos naturales, como la práctica totalidad de los monarcas españoles, ya fueran Borbones, Austrias y los que fuesen porque aquello era una moda, por lo que se ve, que no ha cesado. Aunque la historia no es nunca como ocurrió realmente, sino como nos la han contado. La frase no es mía, es de Gabriel García Márquez.
