tribuna

El abismo no tiene nombre

La palabra apocalipsis ha vuelto a resonar en boca de portavoces muy significados. Es un término inhibido, que evitamos, quizá más utilizado en los últimos tiempos de entre el diccionario de las palabras innombrables. La ONU lo acaba de emplear esta semana para definir la guerra en Gaza. Hasta hace poco, los profetas milenaristas, que habían asomado en la pandemia, solían ver el fin del mundo en las amenazas nucleares de la guerra en Ucrania y ese lenguaje impregnó toda la política europea hasta que llegó a España y los conservadores han empezado a hablar del fin de la democracia y cosas por el estilo, una vez frustrados sus planes de gobernar, que eran los mismos que tenía Milei, que hoy toma posesión en Argentina abarloado de ultras.
El ogro por antonomasia ha sido hasta ahora Putin tras la invasión de febrero de 2022. El epónimo de la destrucción catalizó ese nuevo léxico catastrofista y matonil. La ultraderecha española y europea se nutre de este clima bélico con aposento dialéctico. Pero ahora hemos dejado a un lado a Putin para ocuparnos de Netanyahu, tal para cual.
Las vueltas del tiovivo de las guerras llevaron este viernes a Rusia a ejercer de bueno en el Consejo de Seguridad de la ONU apoyando un alto el fuego en Gaza, mientras EE.UU. hizo de malo y evitó con su veto la acción humanitaria. Le ha costado caro a Biden este giro maléfico, y António Guterres (ONU) sentencia: “Gaza mira al abismo”.
Cuando Biden soltó solemnemente, en octubre de 2022, que estábamos al borde del Armagedón era otra guerra, la de Rusia en Ucrania, la que amenazaba la paz mundial. Seguimos en la montaña rusa y detrás de una consigna del apocalipsis siempre hay otra que irrumpe haciendo sonar las mismas cornetas más atronadoramente. En este tris, se cumplen dos meses de la guerra en Oriente Próximo y pronto dos años de la de Ucrania. La ocupación y el exterminio a cargo de la fuerza israelí en la Franja de Gaza estuvieron precedidos de la feroz barbarie relámpago de Hamás el 7 de octubre, que se cobró 1.200 vidas humanas. Pero aquel síncope terrorista palestino no habría podido prolongarse con el consentimiento general. Lo que hace sanguinaria la respuesta de Netanyahu es una acción contra civiles inocentes mantenida en el tiempo, la muerte a cámara lenta.
Bastó, en noviembre, la imagen brutal, en el hospital palestino de Al-Shifa, de los bebés prematuros envueltos en papel de aluminio junto a agua caliente, tras ser desconectados de las incubadoras por falta de electricidad, hasta acabar muriendo, para intuir el cariz atroz de esta masacre. Negar ahora la matanza como hacen partidos conservadores en España tan alegremente es abominable. 25 años después de recibir el Nobel, Saramago se revuelve en la tumba reivindicando su cruzada en defensa de los derechos y los deberes humanos. Guterres, secretario general de la ONU, por hacer lo mismo, es acusado de cómplice del terrorismo.
Netanyahu se refocila en los restos del enemigo bajo los escombros, pero los espectadores de su carnicería no somos insensibles al hecho de que entre los muertos hay una considerable proporción de niños, mujeres y ancianos, mientras las milicias palestinas se ocultan en los túneles que Israel sopesa anegar con agua marina mediante mangueras gigantes para sacar a los milicianos palestinos a la superficie.
La queja de Sánchez ante Netanyahu desató un conflicto diplomático, pero sorprenden el silencio complaciente ante Israel y el reproche contra la postura oficial de España desde la oposición, que suma a sus fobias catalanas estas filias con el horror sin reparar en cadáveres. Abascal, con el chaleco antibalas, profirió desde el fondo del infierno que el diablo no existe y que debemos pedirles perdón a quienes matan en su nombre. Tendemos a confundir al pueblo judío, perseguido en la infame Alemania nazi, con personajes tan denigrantes como Netanyahu, al que su pueblo despreciaba hasta antes de ayer. Ningún tiranuelo tiene patente de corso en nombre de la historia. Cuando estalló esta guerra, a Netanyahu le sonó la campana antes de que lo metieran en la cárcel por corrupción, asediado por masivas manifestaciones de protesta. Durante años, los israelíes salían a la calle coreando ¡a la cárcel ahora!, mientras él forzaba una reforma judicial que lo exonerara, y avisaban de que si seguía en el poder, constituiría una “amenaza para la paz mundial”. Le decían “adiós, Netanyahu” en las pancartas de aquellas marchas de la vergüenza, y las tres cuartas partes de la población sostenían que debía dimitir. Fue en ese estado de cosas en que fallaron los servicios secretos israelíes el 7 de octubre. Ni el Mosad ni el Shin Bet ni la infalible Aman encargada de la vigilancia electrónica de la frontera acertaron a detectar la incursión asesina de Hamás. Putin se frotaba las manos, porque Gaza era otra muela para Occidente, un fuego que apague otro fuego, y Ucrania se iba a resentir.
Quien quiera que sea el que haya ideado este nuevo foco caliente, lo cierto es que hemos dado un paso más en la degradación humana y el reloj del Apocalipsis que suele citar el jefe de la ONU está a tan solo 90 segundos de la medianoche. Así se suceden los estertores de 2023, próximo ya 2024, rumbo al primer cuarto de siglo, con las consabidas profecías de un fin sin retorno y las mismas nubes negras pasando sobre nuestras cabezas. Solo un heroico optimismo permite confiar en que la historia dé un volantazo y el reloj de Chicago que fundara, entre otros, Einstein, se aleje de la hora fatídica. Estos días en que la cumbre del cambio climático en Dubái y las guerras coetáneas de Ucrania y Gaza parecen las dos caras de la moneda del mundo, pasar página, cambiar de tema, no querer ver lo que acontece y confundir este pandemónium con una catarsis es admitir un suicidio colectivo, como los sacrificios en masa de algunas sectas de hace décadas.
Aquellas disensiones de Sánchez sobre el terreno no resultaron ser tan minoritarias, sino las mismas que Bélgica, la UE, la ONU y hasta Estados Unidos antes de la gran metedura de pata del viernes, mientras los que callan y otorgan se retratan de pies a cabeza como cómplices flagrantes de una crueldad que no tiene nombre.

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