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El cura de Tejina

Esta anécdota me la refirió en cierta ocasión mi amigo el abogado Ángel Isidro Guimerá, paz descanse, con quien tantos buenos ratos pasamos sus amigos. Había un párroco en Tejina, muy bruto, que en la misa dominical se subía al púlpito y lanzaba unos sermones totalmente disparatados. Parecidos a los del padre Sierra, paz descanse también, del que he hablado alguna vez en uno de estos putos folios. Un feligrés, harto de los disparates del cura, se colocaba debajo del púlpito y cada vez que el clérigo lanzaba alguna patujada, le gritaba, no muy fuerte, pero para que el dicente lo pudiera oír: “¡Burro!”. El sacerdote se hartó de las continuas interpelaciones del feligrés a sus sermones y lo denunció ante un juzgado de La Laguna. Me parece que era el único que había en esa época, ahora hay como ocho o diez. Se celebra la vista y el juez convoca a las partes y a los testigos. Y requiere a uno de estos últimos: “Diga ser cierto (esta expresión nadie la entiende) que usted escuchó que el acusado llamó burro al señor cura, aquí presente, mientras pronunciaba su sermón dominical en la iglesia de Tejina”. A lo que el testigo, en un alarde de sinceridad, y como le habían advertido que tenía que decir la verdad, so riesgo de ser declarado perjuro, no lo dudó: “Mire, señor juez, yo no sé si el acusado, que está ahí sentado en ese banco, se refería al señor cura o no, pero allí otro burro no había”. La concurrencia, estalló en carcajadas y el juez se apresuró a absolver -in voce- al acusado, que salió por aquella puerta en loor de multitudes. Por prudencia, tan solo dejó de ir a misa porque el cura los disparates los siguió diciendo hasta su jubilación.