Ser godo no es, necesariamente, una procedencia, sino una actitud. El CD Tenerife ya no es nuestro, sino mayoritariamente pertenece a un godo, Garrido, cuyos antecedentes económicos han sido citados por este periódico y no todos porque hay otra carpeta con informaciones jugosas de la City y de la Audiencia Nacional. Da igual que fiche a un indio para que le haga la pelota y propague sus bondades en el periódico del club. Da igual que Juanito Pelayo, el de Egatesa, haya tenido que sindicar sus acciones para que no le monten un aumento de capital y lo dejen en minoría o lo hagan desembolsar tres o cuatro millones de euros y mermar el número de comensales de sus pantagruélicos ágapes. Da igual que el único que se ha mantenido independiente en ese consejo, que ignora por completo a Paulino Rivero, sea un señor de Santa Úrsula llamado Rayco, quien creo que le compró las acciones que tenía a su nombre la Federación Tinerfeña de Fútbol. El Tenerife es un cromo y corren rumores de que pronto habrá un fondo libanés rondando al consejo de administración. Ignoro si la oferta se ha producido ya o está por venir. En todo caso, que se ate los machos la afición pues donde meten la zarpa los árabes no crece más la yerba. Parece que donde la mete el godo, tampoco. El Tenerife es propiedad de la sociedad chicharrera, pero sólo de sentimiento, no de iure. Javier Pérez dividió el accionariado para que no ocurriera esto, pero se equivocó, porque la cría de megalodón creció y su proyecto quedó en cáscaras de nueces. Garrido conducirá al equipo a la ruina, pero antes lo venderá, porque el Tete es ahora un oscuro objeto de deseo. El consejo, no sé por qué, no le tose. Y me extraña. Me extraña todo tanto.
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