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Noches de diciembre

Pues ahora me ha dado por ver películas con temática navideña y me pongo a llorar como un bebé en estas madrugadas calurosas de diciembre. Fíjense qué machangada. Como en casi todas las pelis violentas matan a un perro o a un niño, yo ya no las veo; paso de tragedias. Y cuando se me escapa alguna escena voy corriendo a ver si Mini está bien, que no sé cómo puede estar tan lozana con trece años y con lo que come esa criatura, que se pone de pie en el coche cada vez que acciono el intermitente, porque cree que hemos llegado. A los perros les entran las mismas manías que a las personas; por eso dicen que los perros se parecen a los dueños cuando es al revés: los dueños se parecen a sus perros. Las pelis de Navidad son un coñazo porque el argumento siempre es el mismo: el Papa Noel interviene en el amor de los protagonistas, arranca lágrimas y sonrisas al personal y todo es idílico en un paisaje nevado. Como no le dé por nevar se jodió la película. La trama transcurre en un pueblo pequeño, donde todo el mundo se conoce y en el que se fabrican muchos dulces y se hacen infinidad de lazos de colores en paquetes que sólo contienen chorradas, como un cascanueces o una sola bola, eso sí muy bonita, para colgar en el abeto. Abeto, no pino, en sus 55 especies conocidas. Toda la gente muy abrigada, con bonitas bufandas y botas de nieve, mucho todoterreno y alguna moto que no sé cómo no derrapa en terreno tan resbaladizo. Todas esas pelis acaban bien, como debería ser siempre, los perros no se mueren ni los niños tampoco, ni los viejos. Viendo esto último me siento a salvo.

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